martes, 17 de octubre de 2017

Ahora poned cara de angustia

Ninguna de las mentiras que segrega la maquinaria propagandística del nacionalismo sobrevive a la intemperie. El roce del vídeo Heil Catalonia con cualquier sección de periódico que no sea "El Desafío Independentista" difícilmente se aviene con el relato de un Estado neofranquista o predemocrático. Véase, al respecto, la sección de Tribunales, que ayer venía cargada.

En la Audiencia Nacional comenzaba el juicio a la antigua cúpula de la multinacional de energías renovables Abengoa por un presunto delito de administración desleal. Otro juzgado, el de Instrucción número 18 de Valencia, imponía al ex vicealcalde de Valencia Alfonso Grau una fianza de un millón de euros por las responsabilidades que pudieran derivarse de su imputación por su presunta responsabilidad en un delito de malversación de caudales públicos. En Palma, entre tanto, la Sección Primera de la Audiencia Provincial condenaba al expresidente de la comunidad balear Jaume Matas a 8 años de inhabilitación para empleo o cargo público por un delito de prevaricación continuada.

Que todo ello ocurriera el mismo día en que la juez Lamela encerraba al presidente de Àncium Cultural Jordi Cuixart i Sánchez evidencia que la mitad menos uno de los catalanes habitan una realidad paralela de la que tal vez no regresen nunca. La comparten, bien es cierto, con todos esos españoles que, no bien se conoció la noticia del encarcelamiento, pronosticaron el apocalipsis, y que coinciden uno por uno con quienes advirtieron durante la crisis del riesgo de estallido social. En ambas circunstancias, se trata de un siniestro anhelo, no muy distinto al de la Cataluña kosovar que remeda el clip, cuya actriz protagonista, ay, ha perdido la sonrisa (tal vez sea uno de los 893 heridos).

Hoy, por cierto, los empleados del Institut del Teatre han recibido esta nota:

    Benvolguts, benvolgudes,

    L’Institut del Teatre, com a institució compromesa amb la democràcia i amb la defensa dels drets fonamentals de les persones, demana la immediata posada en llibertat sense càrrecs dels líders civils Jordi Cuixart i Jordi Sánchez, i rebutja qualsevol forma d’empresonament per motius polítics o de consciència, pròpia de dictadures i no de democràcies.

    Per aquest motiu, us convoquem avui dimarts 17 d’octubre, a les 12 h, a una aturada a l’atri de l’IT en protesta per l’empresonament de Jordi Cuixart i Jordi Sánchez.

    Institut del Teatre

    Pl. Margarida Xirgu, s/n. 08004. Barcelona

    Telèfon 93 227 39 15 • Fax 93 227 39 39

    comunicacio@institutdelteatre.cat • www.institutdelteatre.cat



Libertad Digital, 17 de octubre de 2017

domingo, 15 de octubre de 2017

Cinco siglos no es nada

En los últimos tiempos  ha hecho fortuna un columnismo instruido, tan proclive al buen juicio y la tonsura pedagógica como reacio a 'meterse en problemas', según Sostres definió, en primerísima acepción, el verbo escribir. A esa escuela o acaso generación pertenece el joven profesor de filosofía Ferran Caballero, con la salvedad de que sus textos no parecen, como ocurre a menudo con algunos de sus coetáneos, un libro de texto. Al contrario, Caballero alterna el sesgo didáctico (y el sentido recto) con un fulgor irónico que, por su finura, recuerda vagamente al del fundador de esta misma publicación, nuestro añorado Lorenzo Gomis. 

Su Maquiavelo para el siglo XXI. El príncipe en la era del populismo es un exquisito tratado en que, a su inteligencia de costumbre, añade un estilo endemoniado, que remeda con gracejo la prosa exhortativa de quien está considerado el padre de la razón de Estado. El calco no deja un cabo suelto, al punto que si el diplomático florentino ofrendó su opúsculo a Lorenzo de Médicis, Caballero lo dedica a Mariano Rajoy. Y no sin retranca: "Acepte, pues, Vuestra Excelencia este pequeño regalo con la intención con que yo os lo envío. Si lo leéis y reflexionáis sobre él con diligencia, reconoceréis en él mi grandísimo deseo de que alcancéis la grandeza que vuestra fortuna y otras condiciones auguran".

Yerran, no obstante, quienes han creído ver en Maquiavelo [...] XXI una suerte de proclamación de Rajoy como el maquiavelista por antonomasia de nuestros días. De hecho, Rajoy ni siquiera es el protagonista de la obra. Antes bien, los razonamientos que esgrime Caballero en torno a la conquista y conservación del poder hacen hincapié en la impericia del PSC al frente del Tripartito catalán, que podría resumirse en el adagio churchilliano 'teniendo que elegir entre los principios y el poder, sacrificaron los principios y perdieron el poder'; la ineptitud de Zapatero, caracterizado como un ilustre antimodelo de la ciencia política, o la "peculiar relación con la verdad y la decencia" de Ada Colau, que "basó su campaña en el insulto, la mentira, el engaño y la calumnia contra sus adversarios". Todo ello sin olvidar a Aznar, quien, a juicio del autor, al aliarse con George W. Bush "contra la opinión de buena parte de Europa, quedó en manos de una potencia sobre la que no ejercía ningún control, lo que acabó pagando caro", o Cameron, al que achaca el error de confundir el referéndum de Escocia -al cabo, una independencia abortada- con la consulta sobre el Bréxit, creyendo que la victoria en la primera convocatoria habría de conducir, inexorablemente, al doblete. 

Maquiavelo [...] XXI opera, asimismo, como un sugerente catálogo de reflexiones en el que todo lector concernido por la política entreverá a Manuel Fraga bañándose en Palomares, a Gerhard Schröder vadeando en katiuskas el Danubio, a Jordi Pujol presumiendo de conocer a todos y cada uno de sus súbditos en Cataluña. A este respecto, Maquiavelo es un link, o lo que es lo mismo, escritura en su sentido más hondo. También, una taxonomía sobre la naturaleza humana que daría, por sí mismo, para otra obra. Ah, los hombres (¡la gente!),  "que olvidan más rápidamente la muerte del padre que las pérdidas patrimoniales, [...] tan necios, y apegados a la necesidad del momento, que el que engaña siempre encontrará a quien se deje engañar".

En el impetuoso alegato del capítulo final (¡atención, spoiler!), Caballero anhela el advenimiento de un líder que, en el instante más lúgubre de Europa, haga de ella "el más bello de los sueños: la próspera unión de una pluralidad en armonía". Cinco meses después de que diera el libro a imprenta, el socioliberal Emmanuel Macron vencería en las presidenciales francesas y obtendría la mayoría en las legislativas. Bajo su égida, la UE honró la memoria del presidente Helmut Kohl con las primeras exequias de Estado en nombre del europeísmo, una iniciativa en la que parecía palpitar la cita de Churchill que abrocha el libro: "Una Europa cuyo diseño moral merezca el respeto y el reconocimiento de toda la humanidad, y cuya fuerza física sea tal que nadie se atreva a molestarla mientras avanza en paz hacia el futuro".


El Ciervo, julio-agosto de 2017

viernes, 13 de octubre de 2017

¡Qué escándalo, aquí se censura!

El columnista Francesc Serés, al que leí en una sola ocasión, y el profesor Joan B. Culla, cuyas tribunas, de notable pulcritud, siempre he seguido con interés, han abandonado El País por “censura ideológica”. Que en El País hubiera rendijas por las que asomaran opiniones contrarias no ya a la línea editorial del periódico, sino a la existencia misma de España, pasaba por ser una demostración de tolerancia que, no obstante, llevaba incorporada su cuota de ufanía. Los valores que defendemos, parecía decir el periódico (intelectual colectivo), el mundo, en fin, al que pertenecemos, es tan superior al de nuestros detractores que incluso nos permitimos el lujo de cederles un camastro para que despotriquen de nosotros. La vanidad, obviamente, también operaba en sentido contrario: nuestros textos son tan valiosos que incluso el adversario se rinde a ellos, debían de rumiar los outsiders.

La verdad, me temo, es menos sofisticada. Después de todo, Serés y Culla eran colaboradores de la edición de Cataluña, en la que tradicionalmente, y con la salvedad de Francesc de Carreras y Valentí Puig, se ha dado pábulo a una muy variada grey de impugnadores del ‘régimen del 78’, desde Josep Ramoneda a Patricia Gabancho, pasando por Manuel Delgado, Empar Moliner (que dos años antes de quemar una Constitución en TV3 aún colaboraba con el diario) o Mercè Ibarz (que firma, asimismo, en Vilaweb). Entretanto, escritores de la talla de Ferran Toutain o Ponç Puigdevall vienen publicando sus trabajos en la penumbra del suplemento Quadern, y con cuentagotas. La expresión más delirante de este fenómeno se cifra en el hecho de que uno de los comentaristas parlamentarios de la edición local del periódico, Manel Lucas, sea el mismo Manel Lucas que, disfrazado de Francisco Franco, protagonizara hace una semana un sketch en TV3 en que, a ritmo de rumba, acusaba a la policía nacional de apalear ancianas bajo los efectos de la cocaína. Y que El País, en fin, sea el mismo País cuyos editoriales llaman a la aplicación del artículo 155.

La pluralidad, en este caso, no es tanto un honroso atributo cuanto un principio de esquizofrenia, o acaso el eufemismo con que la socialdemocracia emboza su tradicional suspicacia respecto a España, y que ha prosperado en los periódicos de referencia bajo el ‘síndrome del franquismo’. En cualquier caso, y como suele ocurrir en Cataluña, esa ‘pluralidad’ únicamente se da en los medios ‘de obediencia española’. No en vano, Ara, La Vanguardia (post Morán), El Punt Avui, Vilaweb, El Nacional, RAC1, Catalunya Ràdio y ya no digamos TV3, se emplean como un bloque granítico, sin fisuras, a semejanza de ese pueblo catalán que, según proclama el nacionalismo, “es uno solo”. En dichas instancias (excepción hecha del tertuliano que desempeña el papel de español, de manera casi análoga a como en Amanece que no es poco había quien hacía de loco, quien hacía de puta y quien hacía de borracho) está reservado el derecho de admisión. Así, que Serés y Culla pongan el grito en el cielo ante lo que es práctica consagrada en los medios de su credo, evoca la socorrida admonición del mítico capitán Renault, santo y seña del cinismo.


The Objective, 13 de octubre de 2017

martes, 10 de octubre de 2017

Somos gente normal

En consonancia con la retórica torturada que ha presidido el procés, la proclamación de independencia de Puigdemont dejó una postrera palabra para el glosario de la infamia: desescalar. "Asumo el mandato del pueblo de que Cataluña se convierta en un Estado independiente en forma de república", declaró solemnemente el ¿todavía? presidente de la Generalitat, para, inmediatamente, anunciar una petición al Pleno (que se quedó, por cierto, en anuncio, por lo que cabe concluir que la independencia está en vigor) de aplazamiento de los efectos de la declaración en aras de una negociación. Eso sí, entre iguales. La fórmula empleada, entre el toco y me voy y el coitus interruptus, suscitó una mueca de contrariedad entre las diputadas de la CUP, que aplaudieron la frase-término que ha regido sus vidas con cierta desgana. En este sentido, parecía cuestión de minutos que Arran acusara a Puigdemont de haber traicionado el proceso, como así sucedió. El desconcierto también cundió en el gentío agolpado en el Arco del Triunfo. No era ésta, desde luego, la épica balconera con que soñaban los más fervientes militantes; menos aún, obviamente, después de haber protagonizado tantas diadas memorables.

Con todo, y pese a lo turbio que pudiera resultar el discurso de Puigdemont, la declaración de independencia es inequívoca. De lo contrario, la petición de aplazamiento carecería de sentido, por mucho que nada lo tenga ya. Un columnista de provincias, en efecto, capaz de embutir (y nunca mejor dicho) en el discurso más importante de su vida la enunciación "Somos gente normal, no estamos abducidos", acababa de sumir a Cataluña en la anomia.


Libertad Digital, 10 de octubre de 2017

lunes, 9 de octubre de 2017

¡Que lo detengan!

Antonio de Senillosa se hizo carne este domingo en las calles de Barcelona. Nuestro demócrata más exquisito, el dandy que legara a los vivos la fúnebre certeza de que "nadie saldría a manifestarse gritando viva el centro", veía al fin refutada su conjetura. A las 8 y media de la mañana había ya españoles merodeando la plaza Urquinaona, en lo que suponía un indicio de que los demócratas reventaríamos las costuras de la ciudad. Y así fue, por mucho que el número no fuera en verdad una preocupación. No había manifestante que no estuviera convencido de que el 8 de octubre sería recordado como el día del gran levantamiento cívico-popular contra la xenofobia, la intolerancia y, por supuesto, la equidistancia.

A eso de las once, cuando aún faltaba una hora para el pistoletazo de salida (un decir, pues fue conmovedoramente difícil moverse del sitio), una choni digna de Bigas Luna se arrancó por civeras: "Que lo detengan, porque es un mentiroso, / malvado y peligroso...". Aludía, claro, a Puigdemont, blanco de la mayoría de los cánticos en la matinal barcelonesa. Pese a ello, y antes que rabiosa y malhumorada, fue una marcha risueña y emocionada. Cómo no iba a serlo, si hacía más de diez años (aproximadamente, desde la presentación del primer manifiesto de Ciudadanos) que el constitucionalismo no levantaba la voz en tierra profana.

El otro gran manojo de hits fue el que honró a la policía. En el cuello de botella que se formó frente a la comisaría de Vía Layetana, cientos de ciudadanos se detenían a gritar "¡Ésta es nuestra policía!". Abrazos, ramos de claveles, declaraciones de afecto como nunca se habían oído en Cataluña de un ciudadano a la poli, y lágrimas, sobre todo, lágrimas, maderos de metro noventa y mucha tralla a sus espaldas que de pronto se vencían ante el superávit de olés, el llanto asomando entre las ray-ban. Desde que el franquismo tocó a su fin, la izquierda catalana ha alimentado y reverdecido la leyenda de una comisaria en que, incluso en democracia, las 'fuerzas de ocupación' desayunaban no ya rojos, sino demócratas. El instante en que Nico Redondo Terreros y Maite Pagazaurtundúa se abrazaron a los agentes tuvo algo de catártico, de expiración del hechizo. La empatía llegó a tal punto que el gentío, en memoria de las encerronas en el hotel de Pineda de Mar, homenajeó a su policía, 'la nuestra', de tal guisa: "Que nos dejen actuar, que nos dejen actuar". Era, en efecto, la réplica hecha pueblo del grito de indignación de los cientos de policías que fueron hostigados en el Maresme. La diferencia más notable entre las manifestaciones de la Diada y la que ayer electrizó Barcelona, y que desmiente cualquier simetría entre ambas, es el carácter fieramente urbano de la segunda. Ni había tractores ni había payeses ni había castellers, es decir, niños. Sólo españoles que se pagaron su viaje. Por lo demás, las diadas las suele cerrar un payaso y los ochos de octubre (va a ser imposible renunciar a la efemérides), Mario Vargas Llosa.


El Mundo, 9 de octubre de 2017

La Cataluña dual

La inserción por parte de la empresa Amichi de un anuncio en prensa en que daba las gracias a la Policía Nacional y a la Guardia Civil suscitó en las redes una salva de afectos que probablemente se traduzca en la ganancia de numerosos clientes, tanto en Cataluña como en el resto de España. También, obviamente, en el boicot de aquellos catalanes y españoles que tuvieron por lesiva la actuación de las FSE. No parece que el saldo deba preocupar a Amichi, que aun podría sacar partido de su valerosa acción publicitaria. De eso trata, en suma, la llamada inversión socialmente responsable, que hasta ahora parecía ceñida a la salvación de las ballenas, el uso de papel reciclado y la donación de un porcentaje de los beneficios a Aldeas Infantiles, la clase de compromisos que, de tan incoloros e insípidos, no comprometen a nadie. Agradecer a las FSE su labor social, en cambio, requiere un plus de osadía, máxime en un país donde sólo a Rafa Nadal se le agradecían sus servicios en página impar.

Idéntico valor mostraron los alumnos del IES El Palau, en Sant Andreu de la Barca, Barcelona, que se concentraron la mañana del jueves a las puertas del centro para exigir respeto a sus compañeros hijos de guardias civiles, que habían sido objeto del desprecio de algunos profesores. En el otro lado, el del apartheid, supimos de la existencia de un bar en Calella cuyo propietario anotó en la pizarra el siguiente menú del día: "No servimos a las fuerzas de orden público no autonómicas. Tampoco queremos sus servicios. Gracias. El Galliner". Menos declarativos fueron los anuncios de Banco de Sabadell, Caixabank, Gas Natural y otras entidades, acompañados igualmente de pitos y palmas, pero sobre todo de una grave inquietud.

La innegable fractura de la sociedad catalana, cuyos efectos ya se hacían notar en los ámbitos familiar, amical y profesional, y que tantos catalanes veíamos de atenuar cambiando de tema o distrayendo la atención (con lo que ello tiene de expurgación política y empobrecimiento intelectual de las relaciones personales), camina hacia un escenario tan indeseable como inexorable: el de una comunidad dual. En parte, hace tiempo que Cataluña lo es: la historia del procés no es sino un intento chabacano del agro de someter a la ciudad a base de algaradas cívicas, festivas y familiares, y que tuvieron su hito más descarnado en el centenar de tractores que marchó sobre Barcelona el 29 de septiembre. Se trata, por cierto, de los únicos tanques que han puesto a prueba la resistencia del asfalto barcelonés.

Es probable, decía, que esa división (que se proyecta tenuemente sobre el resto de la sociedad española) aliente ahora la posibilidad, tan desagradable como inexorable, de que haya tiendas constitucionalistas y tiendas independentistas, como hay, y bien lo saben los católicos, parroquias constitucionalistas y parroquias independentistas. Asimismo, y al hilo del segregacionismo del bar Galliner y otros casos (entre los que figura la adhesión de los grandes cocineros barceloneses a la huelga de país decretada por el Govern y la CUP), tal vez no quepa hablar de dos circuitos de restauración, pero, desde luego, ir a Gresca, Dos Palillos o Disfrutar va a ser bastante parecido al sexo sin amor (de los casados).

Durante años, el pujolismo y sus palmeros extendieron la idea de que cuestionar las bases del nacionalismo era atentar contra la cohesión social de Cataluña, un sortilegio cuya sola invocación justificaba la exclusión del castellano del ámbito público, la inmersión lingüística en las escuelas y el señalamiento de cualquier ciudadano que tratara de ejercer sus derechos. La cohesión social fue omnímoda. Entre quienes fueron acusados de violentarla, amenazando así la modélica, envidiada pax civil de que gozaba Cataluña (el mítico oasis), se contaron los impulsores del Foro Babel, el Partido Popular, los intelectuales que promovieron el manifiesto por la creación de Ciudadanos, el propio Ciudadanos, el PSC (desde los escupitajos a Obiols al guantazo a Bustos), los aficionados a los toros, los literatos repudiados por la cultura oficial, la compañía teatral Els Joglars, Loquillo, Mario Vargas Llosa y, en general, cualquiera que mostrara un cierto apego a lo español.

En este sentido, la manifestación del domingo ha supuesto la quiebra definitiva del simulacro de consenso que, al decir de los nacionalistas, presidía Cataluña, esa cohesión social que, como todas sus añagazas retóricas, empezando por el derecho a decidir y acabando por la reivindicación del Sí, no era sino una forma peculiar de designar la tersa discriminación estructural a la que estábamos (estamos) sometidos los no nacionalistas. De lo que se trata, ahora, es de organizar la conllevancia de forma que resulte lo menos bronca posible. Tal vez la perspectiva no resulte edificante, pero la realidad es siempre la mejor de las noticias.


Libertad Digital, 9 de octubre de 2017

sábado, 7 de octubre de 2017

Tiempo de joda en el Sant Jordi

En cuanto acabó My name is Taburete, la primera de las canciones de la noche después del intro, prendió entre el público el cántico 'Yo soy español, español, español' y asomaron las primeras rojigualdas a modo de mosaico deslavazado. Desde ese instante, y hasta el final del concierto en el Palau Sant Jordi Club, las 3.500 personas que colmaban, sin apreturas, el recinto, fundieron el pop pijo de Taburete y sus mentores, Hombres G, con una (inédita) condición de españolidad. A semejanza, por cierto, de las decenas y decenas de conciertos que en Cataluña resultan impensables sin la estelada, el 'in-inde-independència!' o el 'No volem ser una regió d'Espanya...!'. Por una vez, los hijos e hijas de quienes, a mediados y finales de los ochenta, bailotearon el 'Sufre mamón' en Baccara, Chic o Fibra Óptica, se soltaron el pelo (y el sujetador) por España. Parte de esa desinhibición se explica por las concentraciones improvisadas durante la semana en plaza Artós (lugar habitual de concentración de hinchas del Español), y que se diseminaban en forma de columna por Mitre, Balmes y Travesera. En cierto modo, el petit Sant Jordi fue una prolongación de esas movilizaciones, acaso una suerte de alto en el camino en espera de la gran manifestación del domingo en Barcelona. Sara y Georgina (unos veinte), bandera española a la cintura, cuentan que participaron en la marcha que recorrió Balmes ("todo por wpp", aseguran) y estarán el domingo en Urquinaona, que, según pronostican, "estará a petar". Álvaro (23), que ha olido prensa y no ve el modo de meter cucharada, dice saber de "muchísima peña que sube de Valencia". "En plan pacífico, ¿eh? Esto tiene que quedar muy claro, esta manifa no es una venganza contra nadie sino un grito de rabia, un aquí estamos, qué pasa". Para Julio (17), será la primera manifestación de su vida. "¡Ya era hora de que despertáramos, joder!". La cerveza más pequeña cuesta 3,50, y hay que pagar el vaso, que son otros 2 euros, pero no parece que los precios disuadan a nadie, pues las cuatro barras funcionan a pleno rendimiento. En el front stage (a 65 palos la entrada) un grupo de universitarios con aire de tunos lleva un buen rato intentando que Bárcenas Jr. coja una bandera española, pero no hay modo. Y a fe que lo han dado todo: "¡Willy, valiente, / tu padre es inocente!"; pero Willy, al que se nota un pelín incómodo ante esa clase de peticiones, se resiste. Mediado el concierto, y ya con la garganta caliente, agarra al vuelo una bandera española, la pliega y, dando la espalda al respetable, con raro pudor, se la lleva a los labios y la deposita en el suelo con suavidad. ¡Os lo juro por Snoopy! ¿O es por Piolín?


El Mundo, 7 de octubre de 2017

viernes, 6 de octubre de 2017

Aquellos días de octubre

Todo fue muy confuso. Se sucedían las informaciones a velocidad de vértigo, con intervenciones policiales en multitud de localidades, y resultaba muy difícil discernir los montajes de los hechos. Se sabe, o al menos eso se dice, que la primera víctima de una guerra es la verdad, ¿no? Pues el clima de aquellos días se acercaba mucho a lo prebélico.

Ignoro si hubo un plan, pero me inclino a pensar que no, que la mayoría de los disturbios fueron espontáneos; incluido, en efecto, el acoso a las sedes del PP y Ciudadanos. Los ánimos estaban caldeados, corría la voz de que Rajoy había ordenado a la Policía Nacional atacar a la población y, en fin, frente a una noticia de esa magnitud no actúa la razón, sino el pánico, la rabia, el miedo.

No, yo no me sumé a la huelga, simplemente dijeron "mañana no se viene" y, estando las cosas como estaban (hay que recordar que acababámos de salir de una crisis), no era cuestión de significarse. Entre otras razones, porque hacerlo equivalía a jalear la, entre comillas, tortura policial. En cualquier caso, entonces mis hijas eran pequeñas y su colegio se había adherido a la convocatoria, así que, en parte, mi huelga fue casi obligada. Sí, podríamos decir que fue una huelga entre comillas. Comillas simples.

Nadie, ninguno de los 300 empleados de La Caixa que ese día gritamos en la Diagonal "Els carrers seran sempre nostres", hablaba en serio. Bueno, ninguno tal vez no, pero salvo por los tres o cuatro frikis de la cup, para el resto fue una acción catártica, sin más. Una performance autoparódica, sí, eso sería. En qué cabeza cabe que las calles pudieran ser nuestras.

No, si yo cazuela ya no gastaba, ya teníamos la termomix. ¡No pretenderá!

No, a ver, yo no firmé nada, alguien lo hizo por mí. Exactamente no recuerdo quién, aquel día había salido a una gestión y cuando se planteó la iniciativa yo no estaba, así que alguien, probablemente mi vecino de mesa, firmó por mí. Como cuando se echa una quiniela y en tu ausencia alguien pone el dinero por ti. Pues eso.

No recuerdo haber dicho en clase a ningún niño "Estaréis orgullosos de lo que han hecho vuestros padres". Al menos con esas palabras. Lo que propuse es una reflexión colectiva en torno a los hechos del 1 de octubre. La susceptibilidad hizo el resto, pero claro, yo eso ya no lo puedo controlar.

Dije "animales", sí, pero en el sentido de "¡No me seas animal!", como diciendo "¡Hombre, hombre!".

Ya le digo que todo fue muy confuso aquellos días de octubre.


Libertad Digital, 6 de octubre de 2017

Domingo


martes, 3 de octubre de 2017

El bien común

La mentira y sus versiones posmodernas, ya se trate de fake news, bulos tuiteros o agregadores de histeria, son la levadura de la insurrección. Ada Colau denunció ayer en RAC1 "varias" agresiones sexuales por parte de policías nacionales, lo que equivale a trazar un tenue paralelismo entre los sucesos de Barcelona y las violaciones colectivas en Bosnia durante la guerra de Yugoslavia. La población civil indefensa y el ansia depredadora del invasor.


Es sabido que los tiempos convulsos son propicios a toda clase de adventistas, y Colau, que llegó a la alcaldía exprimiendo el relato de una ciudad sumida en la indigencia, es una profesional del ramo. Con todo, y dada la gravedad de la acusación, me asomé a la noticia, donde refulgía el caso de Marta Torrecillas, miss capsulitis, que había denunciado, además de que le habían roto (uno a uno) todos los dedos de una mano ignota, haber sido víctima de un magreo. "Al tiempo", seguía el texto, "[Colau] ha apuntado que 'se han hecho desperfectos enormes que aún no sé qué objetivo perseguían'". Cualquier mujer agredida que se supiera en pie de igualdad con un cristal roto habría de pedir explicaciones a Colau, pero a esta hora de la tarde aún no se ha dado el caso.

Ni que decir tiene que la alcaldesa no está sola en su cruzada. Cataluña, que ya ha fabricado todos los independentistas que hacían falta, se ha centrado ahora en la fabricación intensiva de patrañas. Así, en apenas dos días hemos sabido de la existencia de 893 heridos, de individuos ensangrentados en la guerra del 14, de una manifestante del 11 de septiembre chileno teletransportada al Ensanche, de un adolescente aporreado en 2013 que sigue luciendo bozo... Quienes segregan estas imágenes no sólo son frikis tipo lagarder, sino también altos responsables políticos, por mucho que no haya forma humana de distinguirlos: empiezan a parecerse unos a otros como Barcelona al ocaso que describiera Colau.


Libertad Digital, 3 de octubre de 2017

lunes, 2 de octubre de 2017

Robocops contra pastorets

El procés jamás ha sido pacífico, como voceaban sus promotores en una de sus añagazas propagandísticas. Las sesiones parlamentarias de los días 6 y 7 de septiembre, sin ir más lejos, con el silenciamiento de la oposición, el desdén del reglamento y el menosprecio de la más mínima elementalidad democrática evidenciaron una notable carga de violencia institucional, como violento ha sido el achique de espacios que el nacionalismo ha practicado no ya con sus adversarios, sino con el más nimio de los desafectos. Menos simbólicos han sido los ataques que las hordas independentistas han acostumbrado dirigir, con la inexorabilidad de una llovizna, contra las sedes del PP, C’s y PSC.

Y sin embargo, hasta ayer a primera hora de la mañana, el catecismo gandhiano seguía incrustado en el discurso hegemónico, por lo general cosido a conceptos como jovial, familiar y festivo. El flower power se marchitó en cuanto la Guardia Civil, en cumplimiento del deber que habían eludido los mossos (un escaqueo con trazas de simpa que les ha de sumir en algo más que el deshonor), empezó a desalojar a los asaltantes de las escuelas. Por primera vez desde el inicio de la farsa, allá en 2010, el Estado reprimía a los sediciosos conforme al monopolio de la violencia que le asignan las leyes. Con ponderación y proporcionalidad al principio, más enérgicamente cuando aquéllos forcejeaban y respondían, como se vio después, con el lanzamiento de vallas metálicas y el levantamiento de barricadas (¡en Sant Gervasi, el sexto barrio más rico de España, lo que prueba que la frivolidad es la gran divisa moral de nuestros días!).

No era una tarea sencilla. El Govern y lo que le cuelga, con su proverbial negligencia, había animado a niños, enfermos y ancianos a taponar las puertas de los centros de estudio. Al punto, empezaron a circular por las redes los primeros sofocos (escarafalls, decimos en catalán) de esa izquierda para la que, cuando se trata de desalojar a la derecha del poder, todo es legítimo, incluso el patrocinio de un golpe fundado en una de las más repugnantes ideologías que ha visto el mundo, una hidra insaciable que ya no atiende a razones (entiéndanme) tacticistas. No había más que ver a la Gabriel proclamar que la huelga general del día 3 pondrá los cimientos de un inminente empoderamiento popular que habrá de conducir a la felicidad, obviamente universal, absoluta y hasta definitiva. Ja tenim la foto!, he llegado a leer, como si bastara una ofrenda de sangre para romper un país de la Unión Europea, y sin que parezca importar que, en algunos casos, la sangre llevara costra de años. Fotos de una mani de bomberos de 2013, fotos del 15-M, fotos de un niño herido en Tarragona por una carga de los mossos. Frente a España, nada es despreciable. Ni siquiera la más tosca retórica visual, ese bucle de seis o siete vídeos que, como un mantra narcótico, iba fijando en los televidentes el frame definitivo: ¿El 1-O? La poli de Rajoy moliendo a porrazos a unos pobres pastorets.


The Objective, 2 de octubre de 2017

La mala reputación

¿De verdad estás de acuerdo con que peguen a la gente? En las últimas horas he debido responder a esta pregunta cinco o seis veces. La formulaban amigos y conocidos que no daban crédito a mi opinión sobre el 1-O, pues me tenían por un buen tipo; algo derechoso, tal vez, pero en dosis admisibles, apenas merecedoras de una llamada de atención de vez en cuando. Digamos que siempre me han tolerado, aunque yo, haciendo de tripas corazón, prefiera pensar que soy un consentido.

Me he resistido como un jabato a la tentación demagoga. A decir, por ejemplo, que celebrar el apresamiento de un violador no te convierte en detractor del sexo o enemigo de la libertad. Y sólo el eco de la alcaldesa Colau, con su habitual repertorio de embustes, que esta vez incluían la denuncia de un "ataque indiscriminado a la población por parte de la Policía" (le faltó precisar, conforme a su costumbre mixtificadora, que se trataba de población "civil"), ha estado a punto de doblegarme.

Si no he cedido es porque lo que se dirime no tiene ninguna relación con los hechos y, en esa tesitura, cualquier empeño en elaborar un argumento sólo conduce a la melancolía. Cuando una amiga de la universidad, y ya son años de amistad, te pregunta "Aleshores et sembla bé que torturin la gent gran al mig del carrer?" (¿entonces te parece bien que torturen ancianos en mitad de la calle?), no queda más que refugiarse en un sótano, esperar a que pase el huracán y, al cabo, ver si queda algo en pie. Hace ya tiempo que en Cataluña el recuento de daños es un ejercicio cotidiano.

Hasta ahora, decía, mis faltas no comportaban otro inconveniente que suaves reprimendas. El 1-O ha supuesto un punto y aparte. No porque los sediciosos y quienes tratan de apaciguarlos no se hayan creído siempre mejores que quienes no comulgamos con la sedición ni con el apaciguamiento. Eso va de suyo. Lo que ahora está en tela de juicio es si quienes defendemos que se use la fuerza contra los asaltantes de la democracia podemos seguir siendo, incluso modestamente, buenos tipos. 



Libertad Digital, 2 de octubre de 2017

domingo, 1 de octubre de 2017

Mascarada

Anoche estuve viendo representar a Patricia Jacas su célebre monólogo de Aleksiévich en un teatrillo del barrio de Gracia, una de esas salas de bolsillo puestas en pie por iniciativa privada, y cuya mera existencia ennoblece el fuste de la ciudadanía. Tras la función, y como es costumbre en el establecimiento, la pareja de promotores sirvió una cena a los asistentes en el terrado del edificio contiguo, donde tienen su residencia. El público (ayer, unos 50) suele recorrer el brevísimo trecho que separa ambos portales con cierta parsimonia, acaso por el sosiego que procura la civilidad, lo que convierte el trámite en uno de mis instantes predilectos de la velada. Con todo, nada resulta comparable al encuentro, ya en la vivienda, del artista con los comensales, que interrumpen el ágape para estallar en una segunda ovación. Aun en ese lance, en que lo normal es que al agasajado, ya vestido de calle, le embargue una cierta vergüenza, Patricia se conduce con una insólita elegancia, si bien en su caso es éste un rasgo que se extiende sobre el resto de su vida. De todo ello iba hablando con Rafa, periodista llegado desde Madrid para cubrir el 1-O, cuando a eso de las diez, y como quiera que además de en Gracia estábamos en Cataluña, el aire se llenó de cacerolas. Luego, ya camino de casa, mi amigo llamó mi atención sobre la clase de individuos con quienes nos íbamos cruzando y, en particular, sobre el modo como vestían. No es que en Barcelona se haya vestido nunca especialmente bien (hasta finales de los ochenta éste fue un lugar de samarreta con lamparones), pero, en efecto, lo que veíamos no parecían barceloneses, sino borrokas con aderezos agro, en lo que se antojaba el compendio estético de cuarenta años de nacionalismo. ¿La Diagonal? ¿El Paseo de Gracia? ¿El fino Ensanche? Todo, absolutamente todo, reducido a un Ripoll con ínfulas, a un poblado que, también a ojos de un foráneo, había dejado de resistir la mirada más cercana. Sobre la una, insomne, veía a los primeros asaltantes congregarse en torno a los colegios: la agria risotada, las 50 horas de voleibol, el taller de piolines de ganchillo... Y entre tanto, la certidumbre de que millones de catalanes empezaban a verse condenados a correr las cortinas, cerrar las ventanas y, por si las moscas, tatuarse una sonrisa.

Hasta que llegó la Guardia Civil. 



Libertad Digital, 1 de octubre de 2017

jueves, 28 de septiembre de 2017

Ramblas y Stones

Anoche en Barcelona actuaban los Stones, y en las horas que precedieron al concierto los seguidores del grupo se hicieron notar por las Ramblas y aledaños: camiseta reglamentaria, chupa vaquera y mil años en cada patilla. No es que la ciudad no esté acostumbrada a esta clase de desembarcos, pues de hecho forman parte de su naturaleza misma, y ahí están el Primavera, el Sónar, el Cruïlla… o las decenas de artistas internacionales que recalan en el Olímpico o en el Sant Jordi. Y sin embargo, ayer, al ver a esos vejetas con cuatro pelos en guerrilla llegados de Madrid, Valencia, San Sebastián… me pareció percibir eso que da en llamarse un soplo de aire fresco. Años y años de esteladas en los balcones, de desfiles coreanos, de (jocosa) propagación de la xenofobia han terminado por anestesiar las zonas erógenas de la ciudad, esa fragua de eventualidades en que incluso el más vidrioso anonimato deviene principesco.

Qué es la ciudad sino su gente, escribió Shakespeare. El posesivo, tan en boga desde que las huestes de Colau se lanzaron a hostigar al turista, se me antoja hoy repugnante. En cualquier caso, y siguiendo el aserto del dramaturgo, ninguna ciudad donde las autoridades animen a los escolares a marchar contra la democracia puede ostentar la divisa de ‘ciudad más hermosa del mundo’. A lo más que puede aspirar es a codearse con el Seaheaven de Truman, esto es, a competir en la categoría de los simulacros.

Cuenta la leyenda que el 11 de junio de 1976, Federico Jiménez Losantos apuraba la noche en el Café de la Ópera cuando entraron dos extranjeros algo estrambóticos. Eran Mick Jagger y Keith Richards, que venían de tocar en La Monumental (900 pesetas de la época) y buscaban avituallamiento. Cuarenta años después, y en espera del test de esfuerzo que le aguarda a la democracia española el domingo, la novedad, las noticias que no hablan de grallers, timbalers ni castellers sino de rockandroll, muestran de nuevo su rostro más indómito y esperanzador, como lo fueron los sucios trenes que huían hacia el norte. Contra el Under my thumb, no hay cacerola que valga.


 

The Objective, 28 de septiembre de 2017

martes, 26 de septiembre de 2017

Mediterráneo

 Este jueves, Joan Manuel, a eso de las diez, cantaré "Mediterráneo" en la plaza de San Jaime. Siempre habría querido hacerlo como un borracho, esto es, tambaleándome y en solitario, pero las circunstancias han querido que lo haga como un loco; me acompañará, en efecto, todo un pabellón y no espero que te cuentes entre ellos. Entre otras razones, porque en los treinta y tantos años de nacionalismo que ha sufrido Cataluña jamás has dado un paso al frente para distinguirte de Cataluña. Eso sí, a tus 73 no has ahorrado un gramo de elocuencia al gritar que no, que "Mediterráneo" no ha de representar a quienes, aun en voz baja, hemos levantado una modesta objeción contra el atropello que supone el referéndum.

El juego y el vino, ay, entre la playa y el cielo. Imagina un mundo, Nano, ya no te digo un país, sino un mundo en que Valderrama tuviera que rajarse en busca de una peña arrabalera donde le cantara Tarrés. Sin ti mi cama es ancha, vive Dios. ¿Y no crees que España, después de todo, es un refugio aseado? Cantaré "Mediterráneo", sí, y lo haré pese a tu patética desautorización, no vaya a confundirse tu obra con vete a saber qué.

Y, sobre todo, cantaré "Mediterráneo" porque, aunque pueda parecerte inverosímil, tú ya no guardas ninguna jurisdicción sobre "Mediterráneo".

Lo dijo Yosi, de Los Suaves: "Las canciones son de aquellos que las cantan".

Y yo, Serrat, me hice rumbero para no ser tú.


Libertad Digital, 26 de septiembre de 2017

martes, 19 de septiembre de 2017

Antes del 1 de octubre


La recta final del proceso está brindando escenas de lo más edificante, como la del buen Coscu desgañitándos contra el autoritarismo entre el aplauso de parlamentarios socialistas, ciudadanos, populares y comuneros. O la de tantos alcaldes del PSC resistiendo orgullosamente al escrache de las hordas cuperas. O la de las decenas de artículos de prensa contra los sediciosos, a cual, ay, más admirable, y que alientan la certeza de que, puesto que nadie lee a nadie, el nuevo columnismo será clónico o no será.

Hay, no obstante, un lado sombrío. Aun asumiendo que no convenga extremar la represión para que, de ese modo, el día 2 sea posible un cierto entendimiento (asumiendo, en efecto, es el verbo que se emplea para aceptar algo a contrapelo); aun así, cómo transigir con esa pléyade de instituciones de las que ya sospechábamos que eran una mera secreción del nacionalismo.

Cómo seguir fingiendo, en fin, que TV3 es una televisión pública, con lo que eso conlleva, cuando a Vicent Sanchis, el talibán que la dirige, le ha faltado tiempo para blanquear a Otegi; cómo hacer la vista gorda ante el Síndic de Greuges, Rafael Ribó, que ha puesto el grito en el cielo ante "la vulneración de derechos en Cataluña" pero no ha movido un músculo ante el atropello del 6-S. ¿Y el Colegio de Periodistas? ¿Qué crédito merece una entidad que pasa por alto que el jefe de la poli amedrente al director de un periódico, para luego escandalizarse por una intervención judicial en El Vallenc? Y ya puestos, ¿habrá que seguir tragando con la ficción de que esos libelos, esas hórridas hojas parroquiales al servicio de la secesión, merecen el calificativo de prensa? Por no hablar de la universidad: de los 228 profesores que han firmado el manifiesto contra el 1-O, tan sólo hay 4 catalanes, y uno es Ovejero.

En cualquier caso, más embarazoso ha de ser el roce con esos equidistantes que hace veinte años ya lo eran, y que desde entonces han ido reptando al son del independentismo para guardar, ahora y siempre, la misma separación respecto a Madrit, no fueran a confundirlos con españoles.


Libertad Digital, 19 de septiembre de 2017

jueves, 14 de septiembre de 2017

Agrupémonos todos cada día

Llevo observándolos durante años y he llegado a creer que la reivindicación de la independencia es un pretexto para revolcarse en el barro de la historia, para suspender, siquiera por un minuto, la enojosa realidad y entregarse al melodrama con frenesí de derviche. Que antes, en fin, que un horizonte nacional, les concierne esa mística de karaoke que tiene su cénit en Els Segadors. En el penúltimo aliento de su juicio, Maragall trató de subvertir la tradición incrustando en el programa de la Diada a Mayte Martín y Miguel Poveda, y dejando Els Segadors para el principio. Con los teloneros. La iniciativa no sólo no prosperó sino que diez años después, no hay en Cataluña un solo acto institucional que no se abroche con la letrilla de marras.

El 6 de febrero, Artur Mas, Joana Ortega e Irene Rigau recorrieron a pie el trecho que separa la plaza de San Jaime de la sede del TSJC, en el paseo de Lluís Companys. La comitiva, a la que se fueron adhiriendo partidarios, y en cuyas primeras filas se hallaba el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, bajó por la calle Jaime I, enfiló Platería y, a la altura del Fosar de las Moreras, kilómetro cero del independentismo, se detuvo para entonar El Cant dels Segadors. Ya a las puertas del juzgado, y antes de que el engranaje estatal engullera a la terna de procesados, el gentío se arrancó otras dos veces con el himno catalán.

El 20 de marzo, el Palau de la Generalitat acogió la apertura del 40º aniversario del retorno del presidente Tarradellas. Tras las preceptivas intervenciones de Puigdemont y el hijo de Tarradellas, Josep, la Coral de Veus del Vallès interpretó Els Segadors. Otro tanto aconteció el 24 de ese mismo mes en el Ayuntamiento de Manresa, con ocasión del 125 aniversario de las Bases de Manresa, si bien en este caso la interpretación corrió a cargo de la Capella de Música de la Seu y l'Orfeó locales.

La coletilla 'Al término del acto, los asistentes entonaron El Cant dels Segadors', tan enquistada en la prensa catalana como lo estuvo el mítico sintagma 'El president de la Generalitat, Jordi Pujol,...' cerró asimismo las crónicas de la asamblea general anual de la ANC (29 de abril), la declaración de Carme Forcadell en el TSJC (8 de mayo), la movilización convocada por la Generalitat en apoyo del reférendum (11 de junio) y la Patum de Berga (17 de junio), que presidió Puigdemont desde uno de los balcones.

Con el calor llegaron los festivales de rock, hogar del anciano. "El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, ha agradecido al grupo de rock británico Deep Purple que anoche interpretase por sorpresa unos acordes del himno catalán "El Segadors" durante su actuación en el Rock Fest Barcelona, que se celebra este fin de semana en Santa Coloma de Gramenet (Barcelona)". Visto con perspectiva, hablar de Els Segadors 'por sorpresa' parece una broma; es fama, además, que en ningún otro lugar se gastan como en Cataluña. Pero no no perdamos el hilo. Al día siguiente (3 de julio), al terminar el acto celebrado en el paraninfo de la Universidad de Barcelona en favor del referéndum, 'los asistentes entonaron El Cant dels Segadors'. Y un día después, en el Teatro Nacional de Cataluña, el Govern presentó la ley del referéndum: "Podemos garantizar a los ciudadanos de Cataluña que el día 1 de octubre votaremos", ha finalizado Puigdemont, segundos antes de que comenzara a sonar 'Els segadors', que ha marcado el fin del evento".

No bien hubo acabado agosto, Puigdemont y otros miembros del Govern tuvieron oportunidad de ir aclarando la garganta en las fiestas de Sitges, y así desmelenarse el 6 de septiembre en el Parlament, como es de ley, por lo demás, en cualquier cita con la Historia. El último hito conocido fue el día 11, en que se conmemora, dicen los conmemorandos, el Día Nacional de Cataluña. Definitivamente, no hay en el mundo bromas iguales.


The Objective, 14 de septiembre de 2017

martes, 12 de septiembre de 2017

Soler, Buenafuente, Albà y... ¡Otegi!

Uno de los hitos de TV3 en 2005 fue el programa El Favorit, que glosaba la figura de algunos de los catalanes que habían merecido un lugar en los libros de historia. Se trataba de desmenuzar el pasado mediante el uso de un lenguaje directo, asequible y a ratos incluso chistoso, conforme al principio pedagógico, tan caro a nuestros educandos, de instruir divirtiendo y divertir instruyendo. Al frente de El Favorit se hallaba el inefable Toni Soler, ideólogo, junto con Mikimoto y Buenafuente, de esa escuela radiotelevisiva de factura estilosa donde lo que no es broma es agravio. A su lado, el profesor de Historia Moderna y Contemporánea Oriol Junqueras oficiaba de autoridad académica, contrarrestando con templanza jesuítica la chocarrería de Soler. El payaso torpe y el payaso serio.

Pensaba en ello al hilo de la aparición de Junqueras en la retransmisión de la Diada en TV3, alcachofa en mano, en lo que parecía un remedo de su antiguo rol televisivo, por el que, gracias al trampantojo del croma, guiaba al espectador a través de escenas históricas, mezclándose con personalidades de la época. Un Forrest Gump après la lettre. Así, en el episodio dedicado a Companys vemos al hoy líder de ERC deambular por la Plaza Cataluña el 6 de octubre de 1934, esto es, el día en que aquél proclama el Estat Català (min. 22:29). En la imagen, y al decir de Junqueras, un grupo de mossos d'esquadra efectúa trabajos preparativos "de la movilización ciudadana". El corolario podría haber sido escrito este mediodía: "Teniendo en cuenta que es el propio Gobierno de Cataluña quien ha convocado la huelga general [que precedió al golpe], es lógico que los mossos d'esquadra y la Policía apoyen la convocatoria". La presunción de que el 1-O, en fin, lleva años escriturándose en directo resulta en ocasiones de una grotesca literalidad.

Es probable que a Otegi no le haya pasado por alto que la chacota, por xenófoba que sea, rinde más beneficios que el tiro en la nuca. Ello explicaría que para su intervención en el programa de TV3 Preguntes Freqüents se preparara un chiste sobre Albert Rivera en la mejor tradición del histrión Toni Albà. Él mismo había dado la clave minutos antes, a cuenta de una reflexión que debió de parecerle demasiado grave para el tono general de la cadena: "Igual con esto me pongo un poco trascendente, y sé que aquí también intercaláis el humor". Una claudicación, en efecto. Aunque siga dejando salpicaduras.

(Coda: "Pensamos que el día en que en Lekeitio o en Zubieta se coma en hamburgueserías y se oiga música rock americana, y todo el mundo vista ropa americana, y deje de hablar su lengua para hablar inglés, y todo el mundo esté, en vez de estar contemplando los montes, funcionando con internet, pues para nosotros ese será un mundo tan aburrido tan aburrido que no merecerá la pena vivir". Arnaldo Otegi, en La pelota vasca.)


Libertad Digital, 12 de septiembre de 2017

martes, 5 de septiembre de 2017

Letras protestadas

Los atentados yihadistas en Barcelona y Cambrils trajeron un alud de columnas, consignas y pecios de variada podredumbre moral. A la histérica invocación de unas causas que permitieran señalar al sistema como responsable subsidiario se añadió esta vez el pleonasmo del innoble nacionalismo, que, conforme a su querencia alquimista, trató de convertir la sangre en mito fundacional. El histórico 17 de agosto lo sería, sobre todo, por el ufano aleteo del Nou Estat. Nada más coherente con este fin que sugerir, como sugirió Vicent Partal, de Vilaweb, que el Gobierno de España planeó la matanza para sacar al Ejército a la calle "pensando en el 1 de octubre". En cuanto a Antoni Puigverd, de La Vanguardia, su "corristeis a escribir deprimentes editoriales" se levanta sobre un ensueño tan pintoresco como apolillado: un batallón de periodistas mesetarios llegó, vio y mintió. Y lo hicieron, además, al unísono. Como si el editorial único no fuera un (sub)género exclusivamente catalán. Y como si los reporteros de los diarios nacionales no estuvieran ya en Barcelona cuando el mal embistió a la multitud. A tal punto que conforman el grueso de la prensa local. Quienes no estaban, advierte Dragó, eran los manteros, bien entendido que el "tam-tam de las aljamas de la inmigración funciona de maravilla". A los diez días llegaría el turno de los morigerados. ¿Pudo evitarse?, se pregunta Ramoneda. No, no se refiere al atentado, sino a la muerte de los terroristas.

Como la infelicidad tolstoiana, cada uno de estos artículos es desgraciado a su manera. Hay, con todo, un nexo: en todos ellos, las víctimas no son más que una molestia argumental. Unas veces nervio, otras tendrum.

"Y cuando me he puesto a escribir, solo me salía amor –pido disculpas–. El amor que domina el duelo. (...) El amor mata al odio. Lo dijo Martin Luther King varias veces, precisamente. Pero del odio tendremos que hablar. Para buscarle causas y atajarlo".

"La policía de Cataluña ha demostrado con matrícula de honor que está preparada para asumir cualquier gestión que le encarguen, cualquier función que en un futuro inmediato deba asumir. En esta ocasión es muy difícil hacer ninguna crítica a un operativo técnicamente complicadísimo –se han llegado a desplegar ochocientos controles simultáneos–, científicamente impecable y políticamente mucho más que digno. Y, además, sin colaboración. Desconectada de los bancos de datos internacionales y con un estado inexistente, el español, que ya se ha demostrado que no es necesario para garantizar el funcionamiento normal de Cataluña".

"Necesito abrazar a un musulmán".

"Los atentados yihadistas en Barcelona y Cambrils han desatado una reacción de islamofobia que en palabras de la Plataforma contra la Islamofobia tiene dimensiones de una "brutal ola" sobre todo en las redes que no se produjo tras el 11-M. El odio al islam se propaga en Internet, pero se han registrado también ataques al menos a cuatro mezquitas y pintadas a locales, y ha llegado incluso a la agresión física denunciada por un menor musulmán".

"En el caso de los atentados de Barcelona y Cambrils hay datos muy importantes que hay que estudiar a fondo, pero a estas alturas todavía no he visto a nadie que aportara un solo dato serio que obligara a pensar en un ataque de falsa bandera. Ahora bien, es evidente que podría serlo. Son muchas las preguntas que, según sea la respuesta, nos podrían llevar a ello: cómo el imam, extrañamente, no fue expulsado después de haber estado en la cárcel, por ejemplo. O por qué el gobierno español tardó siete interminables horas en comparecer. O hasta qué punto pensaron en aprovechar el atentado para hacer salir el ejército a la calle pensando en el 1 de octubre".

" ¡No pudisteis reprimiros ni cuando la sangre de los muertos de la Rambla era tibia! ¡Corristeis a escribir deprimentes editoriales en los que se mezclaba la atrocidad de los yihadistas con el proceso independentista! Ins­trumentalizasteis la tragedia para con­seguir rendimiento político. Habéis despertado el mal espíritu que por partida doble torturó a las víctimas madrileñas de Atocha. ¡Lo habéis despertado otra vez!".

"Las Ramblas, a las cinco de la tarde, siempre están llenas de manteros. El día del atentado no había ni uno. ¿Peco de paranoia? Puede, pero el tam tam de las aljamas de la inmigración funciona de maravilla".

"Lo único que no interesa es investigar las causas reales de este fenómeno de radicalización de personas tan jóvenes así como los fallos de seguridad que se hayan podido cometer para que esta importante célula terrorista pasase desapercibida al Ministerio del Interior".

"Estoy convencido de que si Peret viviera, hoy lamentaría amargamente el reciente atentado terrorista de la Rambla y tal vez hubiera compuesto una canción alusiva".

"Tras saber que el Gobierno ocultó a los Mossos la información de que el imán era peligroso y permitir así que siguiesen preparando el atentado ¿no va a pasar nada? Va a seguir ese Gobierno? No hay crisis política? Hay oposición en este sistema podrido? Tiene este gobierno Rajoy alguna autoridad moral o política para amenazar a los catalanes que quieren votar?".

"Carles Puigdemont no deseaba que el Rey fuese pitado y abucheado, pero no lo pudo evitar".

"Dos semanas después de los atentados de Barcelona y Cambrils (Tarragona), que dejaron 22 muertos -incluidos seis de los terroristas- y un centenar de heridos".

"Es la primera vez en la historia reciente de España que unos policías optan por abatir —'hacer caer sin vida a una persona o animal', define la RAE ese término muy empleado en el mundo de la caza— a todo un grupo de presuntos terroristas y no hay polémica alguna. El mosso que mató a cuatro yihadistas ha llegado a ser calificado de héroe mientras se recordaba elogiosamente su paso por la Legión".

"¿Era inevitable que los Mossos abatieran a los terroristas? ¿Qué esperan los partidos a plantear esta pregunta en sede parlamentaria? Son cuestiones de fondo —que atañen a nuestros valores— que no deben eludirse. Creo que urge restaurar el lugar de cada cosa (el terrorismo yihadista no es el principal problema de España); renunciar a las explicaciones simplistas que solo sirven para columpiarse en la construcción de la islamofobia, sin respeto para muchos conciudadanos; y no utilizar el terrorismo ventajistamente en problemas que no tienen nada que ver, como el soberanismo catalán".

"Muchos os preguntaréis si el salafismo lleva a la paz debido a que algunos de los criminales que más aparecen en los medios dicen ser de este movimiento. Pues la respuesta es fácil: un diamante es una piedra preciosa que a muchos de vosotros os gustaría tener, ¿no? Pues ese mismo diamante puede abrir una cabeza si a alguien se le ocurre la desviada idea de tirársela a otra persona. Algo parecido pasa con el islam".


Libertad Digital, 5 de septiembre de 2017

jueves, 31 de agosto de 2017

La hora del patio

El Barça, la inmersión lingüística, el club infantil Súper 3 y la casa madre de este último, TV3, son los cuatro instrumentos de que se ha valido el catalanismo para socializar a la infancia. Si bien se trata de instituciones que cumplen funciones distintas, presentan dos rasgos comunes: la glorificación del ocio y un antiespañolismo que, las más de las veces, se expresa en forma de chiste.

Hasta tal punto tiene asumido el nacionalismo que dichas fábricas, por emplear el símil con que alude al PP y a C’s, son de su entera propiedad, que ayer el portavoz de ERC en el Congreso, Joan Tardà, invocó en su alegato prorreferéndum una canción del Club Súper 3 titulada ‘Uh, oh, no tinc por’ (quitándole, de paso, el último velo de ambigüedad al lema de la manifestación del sábado). Sea como fuera, antes de incrustar el ‘Uh, oh…’ en el Diario de Sesiones, Tardà ilustró a Rajoy: “El Club Súper 3 tiene el triple de socios que el Fútbol Club Barcelona”. Habiendo hablado tantas veces en nombre de Cataluña, que lo hiciera en nombre de los niños del Súper 3 aun podría considerarse un rapto de modestia.

En cualquier caso, no estaría de más que la próxima vez acreditara el permiso de los padres, que fue, por cierto, lo que hizo la Casa del Rey cuando el Gobierno de Puigdemont exigió que retirasen de la web las fotos de niños y adolescentes heridos. No fueron escrúpulos, no; es que a mis niños, señora, sólo les pego yo.


The Objective, 31 de agosto de 2017

martes, 29 de agosto de 2017

Ciudad muerta



1) El islam es una religión de paz que nada tiene que ver con el terrorismo. La guerra que libra el islamismo contra la civilización rinde, de manera más o menos cotidiana, matanzas de infieles, crímenes de honor, ablaciones de clítoris, jurisprudencias basadas en el ojo por ojo y, en general, estados de opinión contrarios a la democracia. Alá es el único dios en cuyo nombre se sigue asesinando en el siglo XXI, y al margen de disquisiciones teológicas o etimológicas sobre conceptos como el de sharía, no parece pertinente dejar de lado esa evidencia a la hora de abordar sucesos como el de Barcelona. Un hombre tan poco sospechoso de islamofobia como Mario Vargas Llosa ha llamado la atención al respecto en infinidad de ocasiones. Esta reflexión, por ejemplo, tan afable como certera, corresponde a un artículo publicado en El País hace 4 años: "Tengo algunos amigos musulmanes y todos ellos, personas cultas, modernas, tolerantes, genuinamente democráticas, me aseguran que no hay nada en su religión que no sea compatible con un sistema político de corte democrático y liberal, de coexistencia en la diversidad, respetuoso de la igualdad de sexos y de los derechos humanos. Y, por supuesto, yo quiero creerles. Pero, ¿por qué no hay todavía un solo ejemplo que lo demuestre?". Más expeditivo, el periodista libanés Ghasan Charbel, en un artículo reciente en el periódico panárabe Asharq al Awsat recogido por El Medio, se preguntaba: "¿De dónde sacamos [nosotros, el islam] semejante carga de odio? ¿Por qué sentimos la tentación de colisionar con el mundo y no de vivir con él y en él?".

2) Muchachos como tú y como yo. De los asesinos hemos conocido a sus padres, sus hermanos, sus abuelos, sus tíos, su educadora social, su maestra, su alcalde, sus amigos y hasta las hectáreas de marihuana que cultivaba uno de ellos en su Marruecos natal. De las víctimas, apenas un apunte. No tengo la menor duda de que hay que encararse con el mal y a sus aledaños, pero no para aliñar el relato de un sueño truncado.

3) Barcelona es una ciudad abierta, diversa y tolerante. Es probable que confundiéramos nuestra dicha con la circunstancia de vivir en una ciudad dichosa, que nos hiciéramos un lío y, obnubilados por la rumba olímpica, termináramos por pergeñar un falso recuerdo. Pla, nuestro primer xerraire, ya previno al mundo acerca de Barcelona ("una ciudad espantosa, agobiante y de escasísima calidad [...] con un nivel de violencia indescriptible", le dijo a Soler Serrano). Sea como fuera, Cobi, el maragallismo y la apacible sonrisa de Eduardo Mendoza propiciaron el espejismo de una ciudad de dibujos animados, modalidad línea claral, si bien al entuerto también contribuyó, y no precisamente de forma residual, la ofuscada admiración que España, y particularmente Madrid, ha profesado por Cataluña. La manifestación del sábado, en que los nacionalistas hostigaron a militantes de Nuevas Generaciones, SCC y C's, destrozaron carteles en español y llamaron "asesino" a un individuo que portaba una bandera de Israel, sepulta definitivamente una leyenda que, en los últimos años, presentaba variados signos de agotamiento. La vergüenza que sentí me resultó vagamente familiar, pero mientras duró el desfile no acerté a identificar en qué otro instante de mi vida había sentido una repulsión así, tan angustiosamente física. Al poco me acordé: fue en septiembre de 1989, con motivo del abucheo al rey Juan Carlos I en la inauguración del Estadio Olímpico, aquel Freedom for Catalonia entre cuyos promotores, por cierto, figuraba el consejero Forn, sexador de muertos. El mismo zumbido encrespado, el mismo espesor en el aire, la misma fronda envenenada.

Por lo demás, la prueba de que el multiculturalismo no sólo no es un trasunto de la diversidad sino que se opone a ella fue la ausencia de las banderas de las 34 nacionalidades de las víctimas (incluyendo a los heridos): Alemania, Argelia, Argentina, Australia, Austria, Bélgica, Marruecos, Canadá, China, Colombia, Cuba, Ecuador, Egipto, Estados Unidos, Filipinas, Francia, Grecia, Reino Unido, Holanda, Taiwán, Honduras, Rumanía, Hungría, Irlanda, Italia, Kuwait, Macedonia, Mauritania, Pakistán, Perú, República Dominicana, Turquía, Venezuela y España.

4) Una manifestación masiva. En las fotos, los manifestantes aparecían formando un bloque por efecto de los teleobjetivos, que tienden a comprimir el espacio. En verdad, la densidad en el centro del Paseo de Gracia no excedía de 1 manifestante por metro cuadrado, y por los laterales se circulaba perfectamente. No hay que despreciar la posibilidad de que una de las razones por que los barceloneses no atestaran las calles fuera el Alavés-Barça, que se disputaba a la misma hora.

5) Una minoría que no representa a nadie. Reducir la presencia independentista al cogollo de banderas que se ve en las imágenes es erróneo. Las banderas más aparatosas, en efecto, correspondían a quienes allí se concentraban, pero toda la manifestación era una fan zone independentista, con profusión de esteladas anudadas al cuello, carteles contra el Gobierno y el Rey, y una presencia más que notable de viejas-del-visillo prestas a zarandear españoles. Siempre Pla: "¿Cataluña? Un país de groseros".

6) Los españoles también llevaron banderas. Cierto, pero, que yo viera, ningún español trató de achicar el espacio de nadie (menos aún de forma organizada) ni concibió la posibilidad de abuchear o insultar a Puigdemont, Junqueras o Colau. Y pese a ello, el coolumnismo a lo Évole, ese que aspira a salir sin mácula de todos los charcos, sigue arrastrando el fardo de esos dos-nacionalismos-igualmente-perniciosos, confundiendo (copyright: Savater) apéndice con apendicitis.

7) Ada Colau cedió el protagonismo a la policía, los bomberos, los taxistas y los servicios médicos. La tortuosa relación de Ada Colau con la democracia da lugar a equívocos que son en verdad claudicaciones. Colau tenía la obligación de estar al frente de la manifestación no por una cuestión de protagonismo, sino porque los políticos electos son la única dignidad civil que representa a todos y cada uno de los ciudadanos. Entiendo, no obstante, que un personaje que basó su campaña electoral en consignas como "No nos representan", en el desprecio, en suma, a las instituciones democráticas, sea incapaz de asumir esa evidencia y acabe cediendo al pueblo la cabecera de la marcha y a los insurrectos el servicio de orden.

8) En cambio Myriam Hatimi, de la Fundación Ibn Battuta, que se decía representante de una comunidad, lo fue a pie juntillas. Aunque antes que repesentante deberíamos decir delegada, comisionada o embajadora. Porque en la manifestación hubo pocos, muy pocos musulmanes.

9) El abrazo del padre del niño asesinado con el imam de su pueblo fue un ejemplo de concordia. Y la demostración de que la bondad suprema también puede ser aterradora.


Libertad Digital, 29 de agosto de 2017

martes, 22 de agosto de 2017

Un fallo en el sistema

Vengo de leer en bucle el mensaje que Raquel, la educadora de Ripoll que había tratado con algunos de los terroristas, ha publicado en Facebook. En especial este párrafo, en que la autora ha puesto su mejor afán:

Erais tan jóvenes, tan llenos de vida, teníais toda una vida por delante ... y mil sueños por cumplir. [...] Ya no podré volver a decir "qué guapos estáis", o "¿ya tienes novia?". O "madre mía, cómo has crecido". No podré ver a vuestros hijos, como veo los de los demás. No os podré abrazar... Me duele tanto. No me lo puedo terminar de creer.


Increíble, en efecto, porque estas palabras, que corresponden a la fraseología de la consternación, se emplean aquí para llorar a los asesinos, enaltecidos en virtud de "un sentimiento tan fuerte [que] no es racional". Inaudito, asimismo, es el intento de la educadora de dar con lo que, en su perturbado discernimiento, deben de ser los verdaderos culpables, tentativa que parece aletear en la mención de esa "otra cara de la moneda, la que no sale en los periódicos", y que acaso se funda en la necesidad deontológica de iluminar el mundo con un prurito de simetría.

En su angustiada búsqueda, no obstante, no logra dar con ninguna traza del maléfico, enajenador sistema. Al contrario, los muchachos ("¿Cómo puede ser, Younes...?") pertenecían a familias de clase media-baja, habían cursado estudios, habían disfrutado de clases gratuitas de refuerzo, y algunos de ellos habían aprendido un oficio y se habían empleado en la industria local. Todo ello, al abrigo de un Estado cuya más afable encarnación fue, precisamente, Raquel, quien en lugar de interrogarse a sí misma, someter siquiera a examen su siniestra candidez, prefiere interrogar a la providencia, confundida con un nosotros en que se aprecian las hechuras de la siempre coactiva sociedad.

Piloto, maestro, médico, colaborador de una ONG. ¿Cómo se ha podido esfumar esto? ¿Qué os ha pasado? ¿En qué momento...? ¡Qué estamos haciendo para que pasen estas cosas!

El resultado de tan alucinante operación es que los terroristas acaban convertidos en víctimas y quienes sufrimos su acometida criminal, en culpables, acaso merecedores, digámoslo en la jerga de Raquel, de un período de reclusión en el rincón de pensar.


Libertad Digital, 22 de agosto de 2017

viernes, 18 de agosto de 2017

Rambla del Páramo

Salí de casa pasadas las cuatro sin rumbo fijo, con el propósito de darme una vuelta y tal vez llegarme hasta la Barceloneta. En una ruta no del todo inhabitual, tomé la Ronda de San Antonio desde Manso, abrevié por Tallers y enfilé las Ramblas.

Me admiré, maldita la hora, de la parsimonia, o acaso fuera pachorra, con que iba vadeando el bulevar; y me sonreí, siquiera por contraste con los tiempos en que apretaba el paso al llegar a la altura de Unión. Eran las 16:19 (lo sé por un mail de Arcadi que me detuve a leer) cuando arribé al final, ese final que tantas veces fue principio de todo.

Desde allí, anduve por la calle Ancha hasta Santa María del Mar y me senté frente al templo a tomar un café. A la media hora, empecé a ver cómo alrededor de mí, los clientes de la terraza, todos los clientes de la terraza, atendían compulsivamente la pantalla del móvil. La escena, tan ruidosa y apacible a un tiempo, me llamó tanto la atención que a punto estuve de tomar una foto. Al poco sabría que no estaba ante el epítome de la enajenación moderna. También yo me conduje, a partir de ese momento, conforme a los círculos concéntricos por que se rige el periodismo.

Llamar a mis hijas para decirles que estaba bien, llamar a mi madre para decirle que estaba bien, llamar a mi abuela para... (había fallecido en julio pero se conoce que aún no tengo el dato afianzado; ¡la de veces que la he vuelto a enterrar por esos lapsus!), tratar de localizar a mi hermano (que gusta, como yo, de deambular por la zona); eso, mientras rastreaba el Twitter para ir sabiendo de amigos y conocidos. Luego, ya en el Paseo de Colón, me crucé con los primeros viandantes que venían de las Ramblas: llevaban el espanto en la mirada.

A esa hora, el trasiego urbano, esa amable trepidación en que a menudo se resume Barcelona, había cesado. Desde el pie del monumento a Colón, adonde llegaba el cordón policial (faltaban apenas unos minutos para que empezaramos a familiarizarnos con tecnicismos del tipo perímetro de seguridad), las Ramblas eran un páramo. Se dice, y es verdad, que es una de las pocas vías barcelonesas, ya no digamos españolas, en que puede uno encontrarse a alguien a cualquier hora de cualquier día. Estaban vacías; la misma clase de vacío, por cierto, que asoló Canaletas el día del golpe al Central, allá por mayo del 81.

En casa, frente a la tele (un hurra por Marc Sala, de TVE), no hubo un solo plano que no reconociera. Ni un retazo del paisaje que no estuviera cosido a una vivencia, ya fuera ésta fiera, dulce o tremebunda, como los desayunos en la Boquería después de darlo todo en el Karma, o el día en que mis hijas descubrieron, maravilladas, los puestos de animales; los mismos que, poco después, les acabarían repugnando. Este viejo cauce de alcantarilla, me dije entonces, no acaba de encajar en el siglo XXI. Ayer lo hizo con estrépito. Barcelona, en efecto, es una ciudad abierta, tolerante, rumbera. Pero, con todos mis respetos, alcaldesa, vaya poniendo unos pilones.


El Mundo, 18 de agosto de 2017

Cuando empezó todo

Si yo fuera terrorista no lo dudaría. Tras un atentado señuelo, prepararía una segunda escabechina ahí donde se celebrara la concentración de turno. La de ayer en Barcelona, por ejemplo, un dechado de improvisación en que se mezclaban el psicodrama vecinal, siempre rayano en la cursilería, y el vedettismo político, del Rey a la CUP, cuyas líderes, hum, merodeaban por el acto sin vergüenza ninguna, a tanto ha llegado el empoderamiento.

Parte del gentío, no obstante, lejos de llamar la atención a quienes no hace un mes justificaban la escenificación de un atentado contra los turistas, abucheaba a Felipe y a Rajoy, y lo hacía, claro, en nombre de Cataluña. «No tenim por».

Hay que tener un cuajo especialísimo para, en un instante así, acudir a la protesta a presentar armas, con la estelada anudada al cuello para que no se diga que el proceso decae. Mas se trata, al cabo, de la consigna que ha enviado Puigdemont, que hoy mismo ya impartía doctrina sobre la condición de miserable.

En la plaza no había más de 10.000 personas. Para que se hagan una idea: lo que suele haber en las manifestaciones tipo Hispanidad. A las 12 y un minuto, y en mitad de una ovación selfie, una voz femenina surgida de un tumulto aledaño al Starway to Hell de Subirachs, grita «Visca Barcelona». Hasta ocho veces, y a la octava he reparado en que en ese mismo punto, el 17 de octubre de 1986, el pueblo estalló de alegría luego de que Juan Antonio Samaranch pronunciara su «A la vil-a la val».

La ciudad es una playa infestada de links, y la sangre ha propiciado que afloren. Costanza y su hermana Enrica, italianas, romanas, gemelas, en torno a los 22, gimotean abrazadas. Me cuentan, con el atropello del superviviente, que ayer estaban en la terraza del Zurich cuando empezó todo. Y el arranque ha de ser ése: «Cuando empezó todo».

En la segunda corona de la plaza, la que circunda, digamos, la rosa de los vientos del centro-centro, tres Mossos obligan a quienes intentamos franquear el paso a mostrar las pertenencias. Delante de mí, un tipo con acento navarro, tal vez de Logroño, les hace saber que sólo lleva un teléfono móvil, y en el gesto de palpárselo se topa con el bolsillo del pantalón pirata vacío. «¡Coño, me lo han robado!». Y yo, que soy un romántico, me digo que tal vez la vieja, canalla, jodida Barcelona haya empezado a ponerse de pie.


El Mundo, 18 de agosto de 2017

jueves, 17 de agosto de 2017

Fichados

Están Jordi Cañas, Miquel Iceta, Loquillo, Federico Jiménez Losantos, Albert Rivera, Alfonso Guerra, Antonio Muñoz Molina, Xavier García Albiol, Carles Francino, Miquel Roca, Rosa Díez, Toni Cantó, Pedrojota Ramírez y, cómo no, Albert Boadella. Todos ellos han hecho méritos (bien que unos más que otros) para figurar en el apartado ‘Banalización del nazismo’ de la Base de Datos de la Catalanofobia del diario Vilaweb, que registra, con un alarde taxonómico propio de la entomología, lo que sus hacedores consideran manifestaciones de odio a Cataluña.

Según recoge la página de inicio, “el proyecto responde a una doble finalidad: reparar la memoria histórica de todos los damnificados por [dicha] lacra y servir como herramienta de búsqueda a los investigadores”, sin renunciar a convertirse “en una fuente útil de conocimiento para el público en general”. El de ‘Banalización del nazismo’ es sólo uno de los criterios de ordenación de la BDD Catalanofobia de Vilaweb, que incluye otras veinte categorías, delimitadas en función de los “elementos discursivos”. Así, en ‘Catalanismo y enfermedad mental’ aparecen señalados Carina Mejías (que habló en cierta ocasión de la esquizofrenia del proceso), Ramón de España (autor de El manicomio catalán y El derecho a delirar), la asociación Libres e Iguales (por referirse al proceso el proceso de paranoico), Aleix Vidal-Quadras (“La independencia es un delirio”) y, nuevamente, Albert Boadella.

De la otra tipología por que se rige el archivo, y que toma en consideración los casos, se siguen las secciones ‘Casos de discriminación lingüística’, ‘Casos de discurso del odio’ (donde, entre otros, figura Arcadi Espada -cuyo protagonismo, a decir verdad, ha sido injustamente soslayado-), ‘Casos de hostilidades contra personas o entidades’ y ‘Otros casos’.

Operativa desde septiembre de 2016 (sólo Europa Press dio la noticia), la BBD de Vilaweb también dedica un apunte a Antonio Machado a cuenta de su “españoles incompletos”. Aunque, dada la profusión de especificaciones de carácter policial (fecha, localización, datos de la víctima, datos del autor,…), tal vez antecedente o ficha sean más precisos que apunte.


The Objective, 17 de agosto de 2017

martes, 15 de agosto de 2017

Catalanes de tercera

El callejero honra a Antonio Machado en Baeza, La Coruña, L'Hospitalet, Madrid, Sevilla, Salobreña, Albacete, Calahorra, Abrera, Alcobendas, Conil, Torrevieja, Elche, Viladecans, Cuenca, Granada, Huelva, Moguer, San Pedro de Alcántara, Alcalá de Henares, Chipiona, Toledo, Baena, Utrera, Leganés, Rivas Vaciamadrid, Vitoria, Cádiz, Guadalajara, Barcelona, Burgos, Ubeda, Benalmádena, Roquetas de Mar, Bajadoz, Villanueva y La Geltrú, Fuengirola, Ibiza, Sant Boi, Dos Hermanas, Chiva, Montmeló, Fuengirola, San Fernando de Henares. Gijón, Jaén, Murcia, Sant Joan de Vilatorrada, Nerva, Binéfar, Monzón, Barbastro, Santa Cruz de Tenerife y Zaragoza.

A esa lista, a buen seguro incompleta, pertenece también Sabadell, si bien el más joven representante de la generación del 98 podría tener las horas contadas en la capital vallesana. El Ayuntamiento, en manos de una alianza formada por ERC, la CUP, ICV-EUiA, la asamblea local de Podemos -no reconocida por la dirección nacional- y un pintoresco otros, ha divulgado un informe sobre el nomenclátor local que prevé el cambio de nombre de la plaza de Antonio Machado, en el barrio de Hostafranchs.

Como es costumbre en esta clase de podas, la propuesta llega envuelta en el halo del academicismo, cual si fuera una medida de naturaleza técnica en lugar de una iniciativa enteramente política. No obstante, basta con googlear «Josep Abad i Sentís», el nombre del historiador que la ha redactado, para percatarse del espíritu que anima la remodelación.

Abad, valedor de la especie de que España dispensa a los catalanes trato de colonos, no sólo la emprende con Machado, a quien tilda de «hostil a la lengua, cultura y nación catalanas», sino también con Espronceda, Campoamor, Garcilaso de la Vega, Goya, Bécquer, Lope de Vega, Quevedo o Larra, Tirso de Molina, cuya huella en el mapa de Sabadell no sería sino la representación simbólica del yugo castellano-españolista, plasmado asimismo en la sobreabundancia de episodios o personajes relacionados con la Guerra de la Independencia (Agustina de Aragón, Bailén, Dos de Mayo, Daoíz, Velarde), la copiosidad de topónimos extracatalanes (Candanchú, Estrepeñas, Fuerteventura, Gállego, Gran Canaria, Peñalara, Región de Murcia, Somosierra, Triana) o la presencia de notables locales vinculados a la dictadura de Primo de Rivera (Alfons Sala, Antoni Cusidó, Arimon, Dr. Relat o Paco Mutlló). Así, hasta 104 modificaciones, con depuraciones tan insólitas como la de las vírgenes de la Almudena, Macerana, de la Paloma o Begoña, y aun de quien más blasfemó contra ellas: 'La Pasionaria'.

No en vano, la criba de Abad i Sentís, aunque tributaria de la típica mixtificación de raigambre izquierdista, rebasa el ámbito ideológico para plantear, sin sonrojo ninguno, la impugnación de España. En su latitud, un supremacista de Charlottesville no habría dejado un paisaje tan exento de impurezas.

Por lo demás, desde que anoche supe de la existencia de semejante libelo, no dejo de pensar en el Mairena, el libro, recordemos, que Pablo Iglesias tuvo a bien regalar a Mariano Rajoy, y en cuyas páginas refulge este consejo:

«De aquellos que dicen ser gallegos, catalanes, vascos, extremeños, castellanos, etcétera, antes que españoles, desconfiad siempre. Suelen ser españoles incompletos, insuficientes, de quienes nada grande puede esperarse.

Según eso, amigo Mairena -habla Tortólez en un café de Sevilla-, un andaluz andalucista será también un español de segunda clase.

- En efecto -respondió Mairena-: un español de segunda clase y un andaluz de tercera.»

No puedo por menos de alentar a la Regiduría de Cultura del Consistorio a que, en coherencia con su dogma xenófobo, declare a Joan Manuel Serrat persona non grata. Es fama que ningún otro español ha contribuido tanto a diseminar los versillos del bueno de los Machado. Y así, con el Nano convertido en anticatalán, vamos al fin abreviando.


El Mundo, 15 de agosto de 2017