jueves, 24 de octubre de 2013

Indignados, pero éstos de verdad

En funesta correspondencia con los recortes sanitarios o educativos, este tiempo nos trae la excarcelación de una serial killer en nombre de los derechos humanos, esto es, un recorte moral. En este caso, no obstante, no habrá más respuesta popular que la de las víctimas, que, a lo sumo, recibirán el apoyo de un puñado de ciudadanos. La melindrosa apatía que, históricamente, ha mostrado la ciudadanía española ante el terrorismo; ese delicado desdén por quienes han tenido la desgracia de sufrir en sus carnes el disparo a quemarropa o el coche bomba, tiene tanto que ver con el miedo como con la holgura, tanto que ver con el espanto como con la abundancia.

Al día siguiente del intento de golpe de Estado del 23-F hubo en Barcelona una manifestación. Arcadi Espada lo cuenta en Contra Catalunya: 

La noche del 24 de febrero de 1981 yo tenía veintitrés años, llovía y hacía mucho frío en Barcelona, y era uno de los dos mil que habíamos considerado necesario participar en la movilización ciudadana contra el intento de golpe de Estado. Esa noche se me cayó la cara de vergüenza y es probable que la cara siga en el suelo desde entonces. Había soportado muy escocido el hecho de pasar las primeras horas del golpe de Estado en la habitación de que disponía en casa de mis padres, escuchando la radio como un bobo y tomando notas de alta semiótica: bajé a las Ramblas y sólo vi al cantante Raimon que iba preguntando con la mirada, como yo, sólo que él debía de tener las respuestas, por adulto y por poeta.

Y Federico Jiménez Losantos lo refrenda en La ciudad que fue:

Nunca lo sentí tanto y tan claramente como una noche que me llevó a las orillas del llanto político (...) Fue la del 24 de febrero de 1981, al día siguiente del golpe de estado del 23-F (...) Hacía frío. Era de noche. Por el Arco de Triunfo abajo, camino del Parlamento de Cataluña, desfilaban los demócratas catalanes en oposición al golpe y en defensa de la democracia. Pero apenas desfilaba nadie. Cuatro gatos, si se comparaba con Madrid: los mismos que nos manifestábamos contra Franco. 

Ahí estaban los dos, ateridos ante la evidencia de que no eran un millón; de que, a la hora de la verdad, poco se sintieron concernidos ante la amenaza que el golpismo representaba para la democracia; una amenaza mucho más verosímil y objetiva que el hecho de que el ministro Acebes cocinara la investigación del 11-M. En cierto modo, con el terrorismo ha ocurrido otro tanto. Apenas cuatro gatos se han sentido concernidos, y las víctimas han sido vistas como una secta simétricamente rencorosa, hasta confundirse en un bucle con los asesinos, ya convertidos en victimarios. Era decir "víctimas" y que te dijeran "Bueno, claro, son víctimas", como si lo sensato fuera relativizar su enajenación en lugar de hacerla nuestra. 

Este verano, a propósito del descarrilamiento del Alvia en Santiago, Ricardo y Nacho esculpieron en El Mundo una viñeta que decía "80 muertos y 47 millones de heridos". Ése es el detalle que nos ha pasado por alto.


Libertad Digital, 23 de octubre de 2013

Españolistas vs espanyolistas: un relato catalán

Hace aproximadamente un año, el entonces presidente del RCD Español, Ramón Condal, suscribió un convenio de apoyo a la internacionalización de las 'selecciones nacionales catalanas', alegando que el Español no podía quedarse al margen de lo que él mismo calificó como 'iniciativa de país'. No había transcurrido una semana cuando la peña españolista La Toga Perica, integrada por juristas, remitió una carta a Condal en que hacía constar su "profundo malestar" por el apoyo del club a lo que, según juzgaban, era "una maniobra de claro sesgo ideológico que vulnera[ba] de plano la filosofía de nuestro club "y "dinamita[ba] la imprescindible neutralidad política que ha de mantener por respeto a la pluralidad ideológica de sus socios y accionistas". 

No fue la única peña que se pronunció al respecto. En cuanto hubo partido en Cornellá-El Prat, La Curva, el grupo ultra que ocupa el fondo Cornellá ( léase 'ultra' en su acepción de 'foco de animación', si bien es cierto que muchos de sus miembros provienen de las antiguas Brigadas Blanquiazules, éstas sí, ultras a lo largo y ancho del término); La Curva, decíamos, recibió al equipo al son del '¡Que viva España!', pasodoble que en boca de sus integrantes adquiere un brío inequívocamente marcial. El cántico desató la silbatina de un sector de la tribuna, lo que a su vez encendió los ánimos de los hinchas que, si bien jamás incurrirían en el mal gusto de entonarlo, no consideran que hacerlo merezca reproche alguno. Había bastado con que Condal se enfundara la camiseta de Cataluña para que la grada se convirtiera en un avispero. 

Conviene tener en cuenta que no hacía ni un mes de la manifestación del 11 de septiembre de 2012, que había reunido a 350.000 nacionalistas en las calles de Barcelona. La adhesión del presidente del Español al cónclave 'proseleccions' tenía algo de seguidismo, cuando no de mimetismo a secas. Aquellos días, en efecto, la efervescencia soberanista convirtió el repudio a España en una muestra de 'normalidad institucional' y cualquier disidencia al respecto pasó a ser considerada poco menos que un crimen de lesa patria. Por otra parte, Condal era un presidente en el disparadero. Su aciaga gestión tocaba a su fin, por lo que su decisión de arropar a Artur Mas debió de verse afectada por el 'síndrome del convento'. En el supuesto, insisto, de que hubiera decidido algo, más allá de dejarse mecer por la consigna 'Independència'. 

No obstante, lo que de veras respaldaba la deriva soberanista de Condal era la historia reciente del RCD Español.

Todo empezó cuando, a finales de los noventa, la directiva, entonces presidida por Daniel Sánchez Llibre, suprimió la 'ñ' del nombre oficial e incrustó en su lugar el dígrafo 'ny'. La mudanza obedecía al propósito de dulcificar la imagen del club, comúnmente asociada al más bronco españolismo (valga la redundancia), para que aquélla resultara menos indigesta o, por decirlo en neolengua, más políticamente correcta. No en vano, el cambio de decorado acaecido con el pujolismo había convertido al RCD Español en un grumo en el paisaje, en una anomalía cuya expresión más palmaria era el viejo Sarriá, en el que resultaba imposible dilucidar dónde terminaba la solera y dónde comenzaba la mugre, y donde todo, desde las banderas inconstitucionales (cuando no directamente delictivas) hasta la venta de carajillos, parecía tener las horas contadas.

Sarriá fue el escenario en que se consumó la epopeya de Sócrates, Rossi y Maradona en el 82, sí, pero también evocaba el lado más luctuoso del deporte rey, el de las tragedias Heysel, Valley Parade o Hillsborough. La demolición del estadio y el posterior traslado a Montjuïc, con la consiguiente pérdida de protagonismo de las Brigadas Blanquiazules, allanaron el camino a la directiva en su afán de desterrar la 'eñe'.

Inútiles esfuerzos de 'integración'

La renuncia al castellano, no obstante, no suscitó ninguna muestra de calidez entre la Cataluña biempensante; antes al contrario, en la ofrenda floral al monumento a Rafael de Casanova, con motivo de la Diada, los insultos y escupitajos a la delegación del Español se hicieron cada vez más habituales. De ahí, tal vez, que la directiva de Sánchez Llibre creyera necesario deshacerse del himno bilingüe para, luego de una desdichada adaptación al catalán, acabar adoptando una tonada candorosa que jamás ha tenido la más ínfima repercusión en el cancionero de la hinchada. Ni que decir tiene que ese horrísono 'Jo t'estimo Espanyol' que hoy en día esputa la megafonía de Cornellá tampoco ha levantado adhesión alguna entre los custodios de la bondad universal. De hecho, ni siquiera la erradicación de las Brigadas Blanquiazules y la volatilización de las banderas españolas hizo que el Español resultara agraciado en el reparto de salvoconductos de catalanidad. Ni siquiera la erradicación de las Brigadas Blanquiazules y de las banderas españolas hizo que el Español resultara agraciado en el reparto de salvoconductos de catalanidad.

Entretanto, la peña Juvenil se ha desgajado de la Curva para ocupar uno de los altos del fondo Prat, en lo que se antoja un calco del destierro que ese mismo grupo vivió en Sarriá en junio de 1997, después de que sus miembros recibieran amenazas de las Brigadas Blanquiazules. En aquella ocasión, la discordia entre ambos grupos se debió a la negativa de la Juvenil a seguir enarbolando rojigualdas, aunque lo cierto es que, como acostumbra a suceder en esta clase de trifulcas, las banderas enmascaraban una disputa de largo aliento por el reparto de entradas, aderezada por el odio africano, indesmayable, que se profesaban Jota, entonces jefe de la Juvenil, y Freddy, a la sazón líder de Brigadas. Ahora, los miembros de la Juvenil acusan al núcleo duro de Curva de volver a las andadas, esto es, de reavivar el nacionalismo (español) en el graderío, dinamitando uno de los principios fundacionales de la propia Curva, cual es la neutralidad política, la misma neutralidad que invocaban los juristas de La Toga Perica en su diatriba contra Ramón Condal.

Los actuales curveros niegan la mayor y recuerdan que las únicas banderas que se ven en la grada, además de las blanquiazules, son las independentistas. En efecto, basta un barrido circular para constatar que el giro catalanista de la directiva ha traído consigo un panorama inédito en el RCD Español, donde, históricamente, las banderas cuatribarradas no dejaban de ser un fenómeno marginal. La tortilla ha tardado quince años en caer, pero el vuelco es palmario. Ahora, mientras que la pericada ‘españolista’ sigue aferrada al compromiso, cada vez menos férreo, de no exhibir símbolos nacionales, la pericada catalanista considera que mostrar la senyera es poco menos que un síntoma de normalidad institucional. 

Una tensión-no-resuelta que, en cualquier caso, tiene al menos la virtud de evocar la pluralidad de Cataluña de una forma asombrosamente precisa; bastante más precisa, desde luego, que la representación de Cataluña que proyecta el Barça, varado desde hace siglos en el unanimismo o, por emplear la retórica de Vázquez Montalbán, en el desempeño simbólico de la función de ejército civil desarmado de Cataluña, y para quien el Español siempre fue un club de inadaptados. Aunque ésa, claro, es otra historia.


ZoomNews, 22 de octubre de 2013

Los nacionales

Mis primeros años de vida transcurrieron en un piso del número 55 del Paseo Nacional, en el barrio de la Barceloneta. La vía, transitada por camiones de gran tonelaje, discurría paralela a los antiguos tinglados, que ocultaban el mar a los transeúntes. A principios de los noventa, la reforma de la fachada marítima, enmarcada en la gran transformación que experimentó la ciudad con vistas a los Juegos, trajo consigo la demolición de los tinglados, lo que procuró a los lugareños una brisa enaltecedora y grandes atardeceres. Un año después de los Juegos, el Paseo Nacional pasó a llamarse Juan de Borbón en honor al Conde de Barcelona. Los Reyes de España descubrieron la placa inaugural el 23 de septiembre de 1993, aprovechando que ese día el Ayuntamiento de Barcelona les imponía la medalla de oro de la ciudad. Jaime Arias, que nos dejó el pasado viernes, glosó la visita real en un artículo para la eternidad. Aquella prosa conmemorativa, en efecto, cobra hoy aspecto de lápida. Lean, si no, la frase que abrocha el texto:

Justo es recordar que el President [por Josep Tarradellas] iba a Madrid respaldado por las principales fuerzas políticas y que, luego, Jordi Pujol  y los principales hombres de la coalición convergente, a la hora de la verdad, han mantenido una inalterada e inapreciable norma de ayuda a la gobernabilidad del Estado.

No hay una sola palabra que se tenga en pie. Ah, las muchas veces que embarranqué en ese mismo fraseo al final de un artículo, en ese instante en que las aduanas de la incredulidad se aflojan hasta lo indecible y cualquier silencio se da por bien empleado.

El 14 de marzo de este mismo año, el Ayuntamiento solicitó a la Ponencia del Nomenclátor que el Paseo Juan de Borbón volviera a llamarse Paseo Nacional. Convendrán conmigo en que la tentación metafórica es irresistible: el periodo borbónico se antoja, en efecto, un barbecho entre nacionales de uno y otro signo.

El veto a la fotografía del torero Padilla se encuadra en la ingente nacionalización del espacio público emprendida por el alcalde Trias; la única tarea, en realidad, que le granjeará una pizca de posteridad. Desde que llegó al cargo en junio de 2011, ha prohibido el rodaje de una escena taurina, ha prohibido que los autobuses urbanos anuncien un libro crítico con la gestión de Artur Mas en el apartado de la sanidad, ha convertido a Cristóbal Colón en un boixonoi, ha prohibido el rodaje de la serie Isabel, ha prohibido la instalación de una pantalla gigante para seguir la final de la Eurocopa, ha ordenado retirar de la Plaza de San Jaime la placa de la Constitución de 1837.

Para modernizar una ciudad se requiere audacia; para perpetuarla en el catetismo, en cambio, basta un cepillo. El de los nacionalistas es de cerdas metálicas, pues lo que pretenden no es borrar el toreo, o a Padilla, o la serie Isabel. No, lo que pretenden borrar es Barcelona. Y así dejar de odiarla.


Libertad Digital, 16 de octubre de 2013

jueves, 10 de octubre de 2013

Guía portátil de la Barcelona ocupada



Tras los pasos de Makoki (Salón del Cómic - Feria de Barcelona; Avda. Reina Maria Cristina, s/n)

Frente al salón del cómic de Barcelona se arremolinan cientos de adolescentes disfrazados de protagonistas de tebeo, susurrando a todo el que pasa si le sobra una invitación. Los siete euros que cuestan las entradas merecen el intento. La cola está a rebosar, pero avanza con marcial ligereza. Ya en el interior, me sorprende la extraordinaria sobriedad de algunas de las casetas. Más teniendo en cuenta la propensión del cómic a la exuberancia, al reventón onomatopéyico. Recuerdo entonces dónde estoy: en un evento levantado a pulso entre editores y lectores, gozosamente confundidos en una hermandad de trazas esotéricas. La verdadera singularidad del salón, no obstante, no es el burbujeo del público ni esos editores que parecen disfrutar con su trabajo, sino la ausencia de la Administración. No hay stands de la Generalitat. No está, por ejemplo, el Departamento de Cultura, omnipresente en todos y cada uno de los eventos culturales que se celebran en Cataluña; tampoco están la Dirección General de Política Lingüística o el Departamento de Comercio. No. Los tratos que aquí se ventilan sólo conciernen a feriantes y lectores, que en esta mañana luminosa se han constituido en sociedad civil, y lo han hecho en el sentido recto de la expresión, esto es, sin que medien subsidios. En Negra espalda del tiempo, el novelista Javier Marías se recreó en ese mismo sintagma del título, negra espalda... , para designar el lugar donde pervive el eco de lo que no fue, de lo que pudo ser y nunca ha sido. Pues bien, el salón del cómic es la negra espalda del tiempo de la cultura catalana. No en vano, de los 141 expositores tan sólo 4 tienen la web en catalán. Ante la retirada de la Generalitat, la vida se abre camino. Para mi gusto, tal vez de un modo excesivo. Recientemente, el periodista Ramón de España hablaba en El Periódico del nulo interés de la Generalitat por erigir el Museo del Cómic, un proyecto mil veces postergado. Había en su columna una probable y genuino porqué: "Catalunya ha sido tradicionalmente la fábrica de la historieta española, pero el grueso de la producción -por imposición, comercialidad o lo que quieran- está en la lengua del opresor, por lo que resulta muy difícil aplicarle el término 'nacional'... A no ser que por 'nacional' se entienda 'español', se requiera la colaboración del Ministerio de Cultura y se considere el supuesto museo un equipamiento cultural español instalado en Barcelona (o Badalona). O sea, lo que el Musée de la Bande Dessinnée de Angulema es a Francia. Y para eso no hay la más mínima voluntad: mejor gastárselo todo en las ruinas del Born, que sí se prestan al rendimiento emocional." Parece el párrafo de un libro de historia, de tan cierto.

http://www.ficomic.com/


Masoquistas del séptimo día (Estadio Cornellá - El Prat; Avda. del Baix Llobregat, 100 - Cornellá de Llobregat)

El estadio de Cornellá-El Prat linda con un centro comercial que no difiere en nada de los de su género. Los días de partido, los hinchas deambulamos por el centro ataviados con camisetas blanquiazules, formando corrillos en torno a bares, cafés y terrazas. En invierno, el paisaje evoca la glacial pulcritud de los estadios alemanes, y en primavera, en cambio, recuerda una de esas macrocarpas donde se reúnen las hinchadas que acuden a las finales de copa. Ninguna de ambas estampas, sin embargo, puede hacer olvidar el carajilleo de ultratumba del viejo Sarriá. Hoy, nada más entrar en el centro comercial, me he encontrado con el periodista Enric González, que, en un librito delicioso, Una cuestión de fe, rememora el ambiente de aquella grada. No nos conocíamos; soy yo quien le sale al paso con el entusiasmo del cazautógrafos. Tras presentarme, le felicito por su más reciente libro, Memorias líquidas. González agradece la cortesía y, haciendo acopio de humildad, matiza mis elogios: "No es más que un currículum comentado". Habla del libro con graciosa inapetencia, como queriendo dar a entender que va más con él la cerveza que lleva en cabestrillo, y a la que va dando sorbos, que el hecho de ser un autor de culto. "¿Vienes habitualmente?" "Sí", y trato de forzar un gesto que denote resignación, pero me temo que no lo logro. El Español-Valencia se convierte, en los minutos finales, en un carrusel de goles que lleva a ambas hinchadas al desquicio. En su artículo del lunes en El Mundo, González alude someramente a esos 10 minutos de pim-pam-pum. Yo buscaba absurdamente reconocerme en algún párrafo, como ese poeta que dejar huella quería, pero el periodismo va en serio, más en serio que la vida.

http://www.rcdespanyol.com/


Tren nocturno a Europa (Restaurante Lázaro - Aribau, 146 bis)

El restaurante Lázaro, en la calle Aribau, se resume en un salón cuadrangular que, antes de llegar a la cocina, rompe en un reservado de aire confuso, como suelen serlo en Barcelona algunas trastiendas. En una de las dos mesas de esa salita (la que queda a mano derecha según se entra) se sienta habitualmente la vieja guardia del pujolismo, encabezada por los ex consejeros Francesc Sanuy y Joan Guitart. En el salón propiamente dicho, las mesas están dispuestas en sendas hileras, lo que hace que parezca un vagón restaurante. En una de esas mesas suele comer el periodista de La Vanguardia Llàtzer Moix, al que he visto a veces acompañado del escritor cubano Ernesto Hernández-Busto y del novelista Ignacio Vidal-Folch. Por lo común, no obstante, Llàtzer come solo, si bien su mesa no inspira precisamente soledad, sólo un gozoso, templado retiro. Debe de ser por el vino, que Llàtzer paladea con sobriedad medicinal, o por los periódicos extranjeros con que entretiene la mirada. Dos mesas más allá, justo en el rincón, el escritor Josep Maria Espinàs conversa plácidamente con su mujer, Lina Luján, hermana del fallecido Néstor, que en sus últimos días se hacía llevar al hospital las míticas croquetas de jamón que prepara Fina. La hermana de Fina, Carmen, que oficia en sala, me cuenta que hace unos días se celebró en Lázaro un homenaje a Espinás, con motivo de la publicación de su antología Una vida articulada. Junto a la caja reposa un ejemplar, como es costumbre en Lázaro con las obras que publican sus clientes. No veo expuesto, por cierto, En nombre de Franco, de Arcadi Espada, que recibe en Lázaro los jueves. Dado el título ("para mayores de 18 años", ha puntualizado el autor) y, sobre todo, dado Cataluña, uno tiene la tentación de pensar que la ausencia del ejemplar obedece a la voluntad de Carmen y Fina de no herir sensibilidades. "No es eso, no", aclara Carmen, y relata entonces que hace años atendía el comedor una camarera colombiana a la que, obviamente, tanto ella como Fina se dirigían en castellano. Para un cliente de la mesa del pinyol no resultaba tan obvio, y así se lo hizo saber a Carmen, aduciendo que hablarle en castellano a la camarera era faltarle el respeto. A lo que Carmen repuso que ella, en su casa, hablaba lo que le daba la gana. Y Dios en la de todos. Lázaro, en efecto, tiene algo de café de Rick. Ante las croquetas de jamón, los callos con garbanzos o el bacalao a la llauna de Fina, incluso los más conspicuos defensores de las multas lingüísticas miran para otro lado. Por lo demás, lo que da perfecta noticia de la catalanidad de Lázaro no es su naturaleza microcósmica, sino que todavía no haya merecido un libro.

http://www.restaurantelazaro.com/


Historia de dos ciudades (Bar Sándor - Plaza Francesc Macià, 5; Bar Marsella - Sant Pablo, 65)

Sillas con el logo de Martini, mesas de pie de forja, camareros antañones, limpiabotas en la puerta. No vendían penicilina en la barra, pero como si lo hicieran. El bar Sándor se extinguió como se extinguieron la Casita Blanca o los merenderos de la Barceloneta. No obstante, y a diferencia de esos establecimientos, el Sándor apenas motivó un par de necrológicas en la prensa barcelonesa, que ha hecho de la mojigatería una divisa. Hubo incluso una cronista que, entre vahídos, le echó la culpa a los tres euros que costaba el agua. Como si beber rodeado de industriales arruinados hubiera de resultar barato. Al otro lado de la balanza, en lo que fuera el Chino, está el bar Marsella, uno más entre los cientos de locales de la franquicia ibérica El Rincón de Hemingway. Al parecer, el contrato de alquiler toca a su fin y el propietario del inmueble ya ha comunicado a los dueños que no habrá prórroga; entre otras razones, porque pretende rehabilitar el edificio, lo que implica derruir los bajos donde se halla el bar. A diferencia del Sándor, el cierre inminente del Marsella ha provocado una cascada de crónicas a cual más sentida, y en el portal de peticiones Change.org, la causa abierta por la paralización del cierre del cierre del Marsella va camino de las 5.000 firmas. Los promotores del manifiesto invocan la memoria colectiva y el patrimonio cultural de la ciudad. Nada, en fin, que no pueda utilizarse en nombre del Sándor. El prestigio de la mugre, que no se atiene a razones.


Ocaña la Nuit (bar Ocaña - plaza Real)

Federico Jiménez Losantos llegó a Barcelona en 1971 para cursar Filología Española y acabó gozosamente engullido por la agitación política y la promiscuidad intelectual del momento. En un pasaje delicioso de su libro de memorias La ciudad que fue, cuenta Losantos que "en esa época era un efebito con cierto éxito en el gremio homocultivado, es decir, entre la loca neoclásica y la locaza posmoderna, así que las insinuaciones o persecuciones no eran infrecuentes". Una de las locazas que se le insinuó fue Ocaña, íntimo de quien fuera su cómplice en mil y una aventuras, Alberto Cardín. Pintor mariano y, sobre todo, ramblero de pro, Ocaña fue uno de los grandes iconos del espíritu del 75, el artista que galvanizó, con su tronío arrabalero, el movimiento contracultural barcelonés. Desafortunadamente, sigue siendo eso, un icono, un apunte simbólico en un lienzo reservado al antifranquismo oficial. Al vacío de las instituciones se une la circunstancia, ciertamente luctuosa, de que la industria editorial barcelonesa no haya sido capaz, en treinta años, de propiciar una biografía de José Pérez Ocaña, un hombre al que, pese a todo, algunos barceloneses siguen recordando afectuosamente. En el número 12 de la plaza Real, donde residió el artista, todavía se conserva la placa con que, un año después de su muerte, le rindieron homenaje amigos como Nazario, Pedro Martínez Mora o Pep Torruella. Así lo recordaba Nazario en su Plaza Real Safari, en un pasaje que da noticia del vigor cívico de los barceloneses de entonces, y ello pese a la ausencia absoluta de subvenciones. O quizá por ello mismo:

"En el aniversario de la muerte del pintor Ocaña (septiembre del 84), sus amigos decidimos hacer una fiesta/homenaje en su honor. Pep Torruella se encargó de reunir todos los cuadros y colgarlos dentro de las arcadas a lo largo de toda la plaza que previamente habían desalojado de mesas y sillas. Por la mañana, ataviados con trajes de torero, flamenca o mantillas, asistimos al descubrimiento de una lápida recordatoria de terracota con angelitos de colores, copia de un cuadro suyo, que fue colocada en el rincón del número 12, siendo hoy lugar de peregrinación de meadores y fans. El "Guti" se encargó de descubrirla ante la presencia de los familiares de Ocaña y numerosos amigos (Solé Barberá, Ventura Pons, Nuria y Montse, Ester, etc.). Nosotros cogimos una borrachera gordísima y nos pusimos a bailar sevillanas desaforados en una tarima. Por la tarde, la "Fernanda" y su grupo de alumnos, que habían acudido a la plaza vestidos de flamenca en coches de caballo, ofrecieron una actuación de sevillanas. Luego fue proyectada en la pantalla la película Retrat intermitent de Ventura Pons, con Ocaña como protagonista. Els Comediants colocaron un sol enorme que pendía sobre la fuente sujeto con cables a las balaustradas. En vista del éxito de este homenaje y tras comprobar que la plaza no era un lugar tan peligroso como muchos temían, la coordinadora de Fiestas y Festejos del Área de Cultura, Marta Tatjer, decidió organizar otra fiesta/homenaje a Ocaña, esta vez en serio y con una subvención, que coincidiría con las fiestas de la Mercé."

Nazario no lo dice, pero él, como se aprecia en algunas de las fotos que circulan por la red, iba aquella tarde vestido de torero; no disfrazado, ojo, vestido. Por lo demás, resulta casi enternecedor observar el cálculo con que opera el poder, que primero olisquea la capacidad de convocatoria del acto y sólo luego se ¿arriesga? a subvencionarlo. 'Los barceloneses de entonces', decía, pero no todo está perdido. Hace poco más de un año, la familia Laguna abrió, en el tramo de soportal contiguo al número 12, el club Ocaña, donde confluyen de forma pasmosamente natural un café, una barra de cócteles, un bar y un restaurante. Unas veces me recuerda a un casinet de l'Empordà; otras, a un baño turco, y aun hay noches en que me ha llegado a parecer un gran café centroeuropeo. Debe de ser por su naturaleza eminentemente proteica por lo que, mediado el segundo gintónic, suelo jurarme en voz muy queda que el día menos pensado me quedo a vivir en cualquiera de sus barras. En cuanto a Losantos, a menudo me digo qué sucedería si de pronto apareciera en alguno de los locales que frecuentó de joven, en este Ocaña mismo. Después de todo (voy subiendo la voz) cómo no iba a tener derecho a su propia memoria el hombre que escribió este párrafo:

"Tuvimos la suerte de cumplir veinte años en Barcelona, de tener la ferocidad, la insolencia, la fe y la suerte de la juventud; [...] Recuerdo una noche en que llegamos pronto a Les Enfants y después de un par de horas bailando, nos fuimos al Colón, hasta que cerraron. Extrañamente, encendieron las luces y abrieron las puertas mientras sonaba un éxito de entonces: la versión de José Feliciano de Ché sará. Y cuando salía a la noche casi amanecida de las Ramblas yo oía la canción del joven emigrante italiano, como si me contaran mi propia historia, la incógnita que nadie podía despejar por mí [...] En la oscuridad lechosa de las cinco de la mañana, en aquella nocturnidad lívida aspirábamos el salobre olor del puerto, del mar sempiternamente oculto. [...] En aquellas madrugadas, la felicidad de lo por venir, la vivíamos con una sensación casi física de placer inextinguible".

Bien pensado, mejor no venga. Es una insensatez.

http://www.ocana.cat/es/


Clandestino (Speakeasy - Aribau, 162 (entrada propia por la calle Córcega)

Cada año, por Sant Jordi, el diario El Mundo da una fiesta en el Speakeasy, un restaurante que pretende recrear la atmósfera de clandestinidad de los tiempos de la ley seca. El local, que ocupa la trastienda de la coctelería Dry Martini, es también el almacén-bodega de este último, lo que favorece la pamema. Este año, la contraseña era "Montalbán-Bolaño-Moix", un guiño a los ausentes. Por supuesto, nadie la pide, es sólo un aderezo literario; otro trampantojo, si se quiere. Con ciertas fiestas ocurre como con el fútbol, que se ven mejor en diferido. Sólo al día siguiente sabré, por el retablo de fotos que acompaña la crónica de Leticia Blanco, que entre los invitados estaban la novelista Nuria Amat, el profesor Iván Tubau, el crítico teatral Marcos Ordóñez, el editor Rafael Borrás o quien fuera director de Ajoblanco, Pepe Ribas. En cambio se me aparecen con pavorosa nitidez la entrenadora de sincro Anna Tarrés, el concejal del PSC Jordi Martí o la corresponsal Núria Ribó. También está Antonio Luque, único integrante del grupo (¿?) Sr. Chinarro, y a quien se ve muy acaramelado con la periodista Llucia Ramis. Y el director de la tienda Santa Eulalia, Luis Sans, impecable como de costumbre. Ah, cuánto me hubiera gustado escribir los ecos de sociedad en un periódico indecente. El barman Javier de las Muelas, propietario del local, saluda a la concurrencia con un levísimo, frugal cabeceo, y lo hace, además, mientras alecciona a una camarera sobre el modo de llevar una bandeja vacía, que no es precisamente bajo el sobaco. Pero el verdadero anfitrión es hoy el director de la edición catalana de El Mundo, Àlex Salmon, a quien veo saludar a mi acompañante, una diputada de derechas que de cuando en cuando me saca de paseo. La gran virtud de este sarao es que le añade un punto de vicio al Día del Libro, una jornada que a mi juicio peca de relamida, de estomagante. A estas horas de la noche las rosas están ya mustias como una novia emputecida y los libros han perdido ese halo de infalibilidad del que han gozado desde primeras horas de la mañana. El consejero de Cultura, Ferran Mascarell, no está ni se le espera, lo que contribuye a engolfar el encuentro casi tanto como la ausencia de diputados de Iniciativa por Cataluña, a quienes no logro imaginarme con las bragas en la mano. Es precisamente cuando la fiesta agoniza y los últimos invitados nos diseminamos por el Dry Martini, en ese instante desmadejado en que falta ya poco para retirarse o liarla parda, cuando más impresión tengo de estar en un reducto de civilidad sin conciencia de serlo, lo que duplica su atractivo. Una Barcelona sin tutelas ni padrinos. Vuelvo a Montalbán, a Bolaño, a Moix. Quizás la clandestinidad no sea un guiño a los ausentes, sino a los presentes.

http://www.speakeasy-bcn.com/es/


Jot Down Nº 4 Rutas, junio de 2013

Contra crónica

La presentación el pasado lunes del digital barcelonés Crónica Global, que resulta de la fusión de La Voz de Barcelona y El Debat, reunió en un hotel del barrio de Les Corts a políticos del PSC, del PP y de Ciutadans. Los promotores del diario habían cursado invitación a todas las formaciones catalanas con representación parlamentaria, pero sólo acudieron al acto los representantes de los partidos contrarios a la independencia (Albert Rivera, Jordi Cañas y Carina Mejías por Ciutadans, Pere Navarro, Joan Ferran y David Pérez por el PSC y Alberto Fernández Díaz y Àngels Esteller por el PP). Bien es cierto que ICV-EUiA estuvo representada por un miembro de su gabinete de prensa, pero en lo que respecta a CiU, ERC y la CUP, ni siquiera medió una adhesión. Tampoco hubo representación del Gobierno de la Generalitat, pese a que Francesc Homs se hallaba entre los invitados. Completaban el antepalco de ausentes la presidenta del Parlamento, Núria de Gispert, y el alcalde Trias, al que, a decir verdad, nadie esperaba.

Dado que, tal como recoge su carta fundacional, Crónica Global aspira a "cubrir un espacio mediático en internet que está infrarrepresentado: el de todos aquellos ciudadanos de Cataluña que creen en los principios recogidos en la Constitución de 1978", habrá quien objete que soy un ingenuo. Cómo demonios pretende, se me dirá, que esas instituciones y, sobre todo, esos partidos, que hace ya años que abjuran de la Constitución, arropen el nacimiento de un diario de esas características. Creo, no obstante, que la democracia tiene mucho que ver con la desenvoltura en la adversidad, con la posibilidad de que un político, por muy contrario que sea al espíritu que anima tal o cual empresa, o precisamente por ello, sea el primero en brindar por su prosperidad. En el caso que nos ocupa, además, esa empresa es un periódico y no una salchichería (dicho sea con respeto y a sabiendas de que, como sucede con las salchichas y las leyes, de algunas noticias tampoco conviene saber su making of). Hablamos, en fin, de un artefacto indisociable de toda noción de democracia.

La institucionalización del desprecio entre catalanes es uno de los efectos de la deriva independentista del presidente Mas. En eso ha resultado, por el momento, la voluntad de quebrar España, en un asomo de fractura social que, en actos como el del pasado lunes, se muestra a las claras. En este sentido, la clase política no es un dique de contención: empiezan a ser ya muchas las conversaciones entre amigos y familiares que se ven ahogadas o mutiladas por no enredarse-en-discusiones o enemistarse.

Lo digo, claro está, asumiendo que pertenezco a un bando. Años atrás, en el canal catalán de TVE, había un programa llamado La Barbería que consistía en una tertulia futbolística entre políticos locales de diferente signo. Ahí estaban Francesc Baltasar (IC), Jaume Camps (CDC), Jaume Sobrequés (PSC), Enrique Lacalle (PP)… Eran los tiempos del oasis catalán, aquel almíbar. Bien, hoy en día, ya con todas las cartas boca arriba, no veo probable que Albert Rivera se faje con Francesc Homs en un programa de televisión a propósito de la posición que debe ocupar Neymar.

¡El oasis catalán! No es que hubiera fair play; es sólo que no había adversario.


Libertad Digital, 9 de octubre de 2013

jueves, 3 de octubre de 2013

Llamando a la Tierra

El llamado 'proceso soberanista', o 'proceso' a secas, tendrá al menos la virtud de hacer añicos el mito de la moderación catalana. No, no lo digo por que Otegi sea uno de los participantes en esa Comisión del Derecho a Decidir, que es en realidad una comisión por el derecho a decidir. Al cabo, desde que Artur Mas, haciendo suya la retórica proetarra, resolvió internacionalizar el conflicto, cabía prever esa posibilidad. Eso no quita, claro está que sea un escándalo, como hoy afirmaba Victoria Prego en El Mundo, pero no sólo por lo que Otegi hizo o dejara de hacer; también por lo que hace. O, más precisamente, por lo que dice. No en vano, el Parlamento catalán se dispone a darle voz a un individuo que no hace ni tres días declaró que el derecho a decidir es una vía de agua en la España de la Transición. A un tipo, en suma, que considera que el vector más atrayente del derecho a decidir (lo que le pone, vaya) es su contribución a la fractura del Estado español.

Sin embargo, si les hablaba de la templanza como quimera no era por Otegi, impermeable a esa clase de categorías, sino por la campaña El món ho ha de saber ('El mundo tiene que saberlo'), promovida por la revista de divulgación histórica Sàpiens (Grup Cultura 03), que, dicho sea de paso, recibió en 2012 una subvención de 13.815,91 euros (las otras dos cabeceras del grupo, Descobrir Catalunya y Cuina, recibieron, respectivamente, 12.511,94 y 12.732,22 euros; la sociedad civil, ya saben). La campaña, les decía, se llama El món ho ha de saber, y consiste en el envío del libro Catalonia calling, editado por la propia Sàpiens, a 10.000 personalidades, seleccionadas por los promotores entre los galardonados con premios como el Oscar, Bafta, Pritzker, Goncourt, Booker, Cervantes y Príncipe de Asturias.

En Estados Unidos, por ejemplo, han recibido el libro (o, en cualquier caso, la llegada del paquete postal es inminente) Woopie Goldberg, Viggo Mortensen, Tim Burton, Oprah Winfrey, Barack Obama, Beyoncé, Lady Gaga, Marilyn Manson y otros 240 famosos. Sí, yo también me muero de ganas de mirar por la cerradura y ver qué demonios hace Marilyn Manson con su ejemplar de Catalonia calling, que trae una entrevista (¡entrevista!) al exdiputado del PSC Germà Bel, azote de la España radial, y cuyo logro más cualificado, ahora lo sabemos, es la probabilidad de que Beyoncé le vea el careto.

Obviamente, y dado que estamos en Cataluña, el envío no es gratis. Cuesta, como poco, 15 euros, y en su modalidad premium, 50, lo que da derecho, además, a una camiseta y una suscripción de un año a una de las revistas del grupo.

Bien pensado, qué más da la cordura si, a cambio, la independencia desbanca a la guerra civil como principal industria cultural española. Y, como aquel que dice, sin bajar del autocar.


Libertad Digital, 2 de octubre de 2013

miércoles, 2 de octubre de 2013

El periodista técnico

Hace poco, mientras visitaba a un amigo en la redacción de un periódico barcelonés, reparé en que esta era en verdad un apéndice de una oficina mayor. Al preguntar por ello, mi amigo me aclaró que estaban ‘realquilados’ en la sede de una editorial de revistas técnico-profesionales. Ya saben: industria maderera, manutención y almacenaje, modelismo y maquetas. Esas revistas. Al pasar frente a uno de los revisteros no pude evitar sonrisa de tango. En mi caso, el recuerdo tenía que ver con los cuatro años que pasé en Astoria Ediciones.

Corría el mes de noviembre de 1997 y, tras unos meses en paro, mis expectativas de lograr un trabajo como periodista eran ya muy exiguas, hasta el punto de que empecé a plantearme la posibilidad de opositar a ninguna parte. Venía de trabajar en una vertiginosa barra nocturna desde la que vi pasar demasiados trenes, y a menudo por partida doble. Eso no quiere decir que no tuviera práctica en el oficio de redactor. Antes que en la barra, había trabajado en la revista El Ciervo, dirigida por Rosario Bofill y Lorenzo Gomis, pero la experiencia fue tan castrante (me dedicaba casi exclusivamente a corregir erratas de imprenta en horario de oficina), que el periodismo y yo nos dimos un tiempo; eso, claro está, en el supuesto de que aquel trabajo hubiera tenido algo que ver con el periodismo. Agotado el subsidio y con la autoestima en low battery, sonó el teléfono de casa de mis padres. “Buenas tardes, querría hablar con don José María Albert (me pareció notar que estiraba el nombre, a semejanza del locutor José María García). Mi nombre es José Martín, de Astoria Ediciones.” Acudí a la entrevista con el único traje que tenía, que era el mismo que vestía en bodas y entierros, si bien la prenda no delataba el trajín al que la venía sometiendo. Por lo demás, el histérico entusiasmo con el que, cada cinco o seis segundos, me iba sacudiendo las solapas, dejaba a las claras que aquélla no era mi vestimenta habitual, sino mi segunda o tercera equipación.

-Se preguntará por qué necesito un redactor.

-Pues no, no me lo había preguntado. Una baja por maternidad, quizá, o la marcha de uno de los redactores.

-En efecto, el tercer redactor nos ha dejado. No le diré que ‘tirados’, pero casi.

-‘El tercer redactor’.

-El individuo (por llamarle de algún modo) que nos acaba de dejar, fue, cuando se incorporó hace seis meses, nuestro tercer redactor. Las otras dos redactoras llevan ya bastante con nosotros. Así que, en caso de que usted supere la selección y acepte las condiciones, pasará a ser el tercer redactor, y confío en que por algún tiempo más que su predecesor. Ya le adelanto que aquí hay mucho trabajo y poco dinero, o sea que si ha venido usted a eso, a ganar dinero, esta no es la empresa adecuada.

-No era mi intención, no.

-Le decía que ahora mismo tengo dos redactoras. Y no es que esté descontento con ellas, no: son buenas chicas, sacan el trabajo… Cumplen, en definitiva. Pero ¿sabe?, precisamente por eso, porque se limitan a cumplir, hace ya un tiempo que han dejado de… han dejado de… cómo se lo diría…

-¡Ya no le entusiasman!

-Mmm… Va por ahí, sí, pero no acaba de ser eso.

-¡Ya no le sorprenden!

-Bueno, lo cierto es que sorprenderme, me han sorprendido más bien poco… En fin, se lo diré claro, José María, lo que pasa entre mis redactoras y yo, hablando pronto y mal, es que ya no me ponen. Dígame, ¿usted tiene novia?

-Sí, sí. Cristina, se llama.

-Y digo yo que le tocará las tetas.

-….

-En el cine, por ejemplo … ¿No se las toca?

-Bueno, es que vivimos juntos.

-Ah, viven juntos. Eso cambia las cosas, claro. ¿Y desde cuándo dice que salen?

-No mucho, va para medio año. Bueno, y yo al principio la dejé y estuvimos un tiempo en que no sabía muy bien qué hacer, porque a mí comprometerme me daba un poco de vértigo, pero claro, el caso es que ella me gustaba, así que volvimos, y yo creo que fue al poco de volver cuando le dije, “mira, Cristina…”

-Claro, claro, los comienzos… Pero dígame: ¿le toca usted las tetas o no se las toca?

-Hago lo que puedo, créame.

-Bien. ¿Y a que al tocárselas ahora no es lo mismo que al principio, cuando se las tocaba en el cine? Bueno, digo en el cine pero igual a usted el cine no le gusta.

-¡No va a gustarme! 

-¿Y cuándo se ponía más cachondo: en el cine o ahora, cuando se las toca en casa?

-En el cine, dónde va a parar.

-Pues lo mismo me pasa a mí con mis redactoras. No, no vaya usted a pensar que les toco las tetas, no; yo las tetas sólo se las toco a mi mujer; bueno, a decir verdad se las tocaba, y si no ya me dirá usted dentro de unos años, aunque claro, lo que a mí no me sobra son precisamente años…

-No diga eso, José.

-Jefe.

 -¿Perdón?
 
-Mis empleados me llaman ‘Jefe’.

-Entonces, ¿estoy contratado?

-La verdad es que tiene usted posibilidades, pero no, no está contratado. Todavía he de ver a otros dos candidatos. Pero supongo que antes querrá conocer las condiciones.

-Ah, claro, claro. Porque, a todo esto, ¿qué clase de revistas publican?

La joya de la corona de Astoria Ediciones era Noticiero Textil, una revista con aspecto de viejo tabloide que no era sino una copia del prestigioso quincenal francés Journal du Textile. Pero eso lo sabría después. En aquel momento, mientras Martín me mostraba la revista con el orgullo desatado del que muestra la foto del nieto, me pregunté cómo demonios podían tres personas llenar cada mes esas noventa y seis páginas.

-Como verá, la revista consta de un gran reportaje, una entrevista a fondo a un empresario del sector textil y un editorial (que escribo yo). El resto de las secciones sigue la pauta de lo que sería el proceso textil. Supongo que sabrá de qué le hablo.

-…

-Grosso modo, el proceso textil comprende las fases de hilatura, tisaje, acabados, confección y distribución, y cada una de esas fases comprende, a su vez, múltiples subfases. Ya lo irá usted viendo. Una de las secciones de Noticiero que a usted le correspondería es ‘Maquinaria de cabecera’. Un tanto árida, a qué andarse con rodeos. A cambio, se hartará de ir a desfiles de lencería, porque su otra sección sería ‘Moda íntima’

En cierta ocasión, tomando unas cervezas en el bar de la facultad con cuatro o cinco compañeros, nos dio por sincerarnos respecto a nuestras ambiciones profesionales, eufemismo que encubría lo que esperábamos de esta vida. Uno dijo que si El País, el otro que reportero de guerra, un tercero que presentar el telediario… Hasta que llegó el turno de Vidal, la mirada en el vacío.

-La verdad, la cruda verdad, es que vamos a acabar trabajando en una revista de taekwondo.

Lo dijo con la histérica lucidez de esos personajes que, en las películas de terror, vaticinan la general escabechina.

Pues bien, lo que tenía ante mí, esa revista que Martín iba mostrándome sin ahorrarse los detales más escabrosos (“vea, vea, en este número entrevistamos a un jefe de ventas de Cortefiel”); esa revista, decía, fue algo así como mi particular descenso a los infiernos del periodismo taekwondo, que es (y esta fue la única fisura en el vaticinio de Vidal), un subgénero del periodismo bélico.

Estuve cuatro años escribiendo sobre perchadoras, remalladoras, maquinaria para la tintura, tejedoras, plegadoras, enrolladoras, máquinas de corte… De cuando en cuando, eso sí, me tocaba ir a algún que otro desfile de lencería, aunque la verdad es que no me prodigué demasiado porque no había tiempo para ello. No en vano, además de llenar Noticiero Textil (la revista no se elaboraba, se ‘llenaba’; o, por ser más precisos, ‘se rellenaba’, ya que nuestro verdadero cometido consistía en tejer (¡nunca mejor dicho!) un simulacro periodístico alrededor de los anuncios, única fuente de ingresos de la editorial); además de Noticiero Textil, decía, había otras dos revistas que rellenar: Optimoda, que se distribuía en ópticas, y Restauración Actualidad, un cajón de sastre dedicado a la hostelería. En Optimoda me ocupé de las lentes (incluidas las de contacto), y en Restauración Actualidad, de las bebidas.

Hubo días en que escribí de sostenes con efecto push up a primera hora de la mañana; de tricotosas, después del bocadillo de las once; de lentillas al mediodía y, ya por la tarde, del gran momento por el que atravesaban los whiskys de malta. No, no crean que me convertí en un multiexperto; entre otras razones, porque eso que llaman periodismo especializado es, las más de las veces, una impostación atildada. O, si prefieren, postureo con ínfulas. (Bien pensado, el término ‘multiexperto’ no parece del todo inadecuado. Qué es un periodista sino eso precisamente, un multiexperto, un experto en vaguedades.)

Hasta mucho después de dejar Astoria, no fui consciente de lo mucho que allí aprendí, de lo decisiva que fue aquella experiencia para desacralizar la escritura, para inmunizarme ante el miedo a la página en blanco y demás cursiladas, para descartar de una vez y para siempre que hubiera hechos inenarrables, pues nada lo sería más que una esmeriladora, un compactador de borras o el último grito en pantis.


Unfollow, 29 de septiembre de 2013

La torna / El redondeo / The rounding

Al ver a esos docentes mallorquines sollozando cual figurantes de Ken Loach ante la aprobación del decreto de Tratamiento Integrado de Lenguas (TIL), me pregunto de dónde proviene ese desgarro melodramático, más acorde con el restablecimiento del sufragio censitario que con la derogación de la inmersión lingüística en catalán. Pero, sobre todo, me pregunto de dónde proviene esa resignada aflicción, esa envanecida soberbia, como si lo que estuviera yéndose a pique fuera en verdad la mayor conquista social que haya conocido jamás una comunidad española, y no uno de los vectores del sistema educativo que ha llevado a España a la cola de Europa, y a Baleares, con un 39% de fracaso escolar, a la cola de España. Asombra, en fin, que los arietes de la llamada comunidad educativa tengan el cuajo, aunque se trate ya de un cuajo puramente sentimental, de oponerse al TIL en nombre de la calidad de la enseñanza. Como si lo que hubiera que preservar fuera un ecosistema de vital importancia para el género humano, y no el lodazal en que se ha convertido la enseñanza tras casi un cuarto de siglo de pedagogía posmoderna.

Como saben, el TIL prevé la implantación en Primaria y ESO de la enseñanza trilingüe (catalán, castellano e inglés) en idénticos porcentajes. Es probable que, de buen principio, el inglés no alcance el porcentaje del 33%, y que la lengua que se beneficie de ello sea el catalán. ¿Corazonada? Antes bien, indicio: el proyecto elaborado por algunos de los centros (los centros, en efecto, gozaban de una cierta autonomía para plasmar el decreto) reserva el castellano para asignaturas de Educación Física o Plástica. Tales son los casos, por ejemplo, del IES Berenguer d'Anoia y del IES Sureda i Blanes.

Sea como sea, y al igual que cualquier otra normativa, el TIL no será impermeable a los desajustes de primera hora. Y no precisamente por dejadez del Ejecutivo, que ha establecido que el plan se aplique de forma gradual, de modo que en el presente curso tan sólo se beneficien de él 6.000 de los 150.000 alumnos que cursan Primaria y ESO en las Islas Baleares. Más problemática resulta la competencia lingüística de los profesores encargados de la fase inicial.

Es verdad que, al tratarse de un plan escalonado, la primera fase requiere 570 profesores de los 15.000 de que dispone la comunidad (incluyendo los centros concertados). Y no es menos cierto que, de esos 15.000, 3.875 cuentan con el nivel B2 de lengua inglesa, que les capacita para relacionarse con fluidez con hablantes nativos y para producir textos detallados sobre temas diversos, según recoge el "Marco común europeo de referencia para las lenguas". Sin embargo, no les capacita para impartir clases. Para ese fin, ciertamente, se requiere el nivel C1, es decir, el inmediatamente superior, y hoy por hoy no hay en las islas 570 profesores entre esos 15.000 que lo acrediten. (¡Eso en la isla de Magaluf, suburbio de Liverpool!). A fin de parchear esa carencia, el Gobierno empezó a formar durante el curso pasado a 1.315 profesores, pero todo indica que los comienzos del TIL serán más bien inciertos.

¿Tiene algo que ver la huelga de profesores con las insuficiencias de que adolece el plan? Mucho me temo que no, que los docentes no han tomado la calle por la brusquedad o apresuramiento con que el Gobierno ha acometido la empresa, sino por el porcentaje de castellano a que obliga la norma. O en otras palabras: por lo que el TIL supone de restablecimiento de la legalidad y, de algún modo, también de la realidad.

En la obra La torna, por la que sufrió un consejo de guerra, Albert Boadella recreó los últimos días de la vida de un delincuente común, el subdito alemán Heinz Chez, a quien Franco mandó ejecutar el mismo día que a Salvador Puig Antich. El régimen trataba, de ese modo, de restar significación política a la ejecución del activista. El inglés del TIL también tiene algo de torna. Y es que hasta qué punto habían llegado las cosas que para lograr que un grupo de alumnos españoles estudie en español no ha quedado más remedio que enseñarles (al fin) el inglés.


Libertad Digital, 25 de septiembre de 2013