viernes, 10 de febrero de 2017

El triunfo de Juan Abreu

Teresa Giménez Barbat y Juan Abreu, en el acto inaugural de 1959.
En uno de los escasos pases que le fueron concedidos mientras cumplía el servicio militar, el soldado Juan Abreu supo del Gordo Collazo, un "señor serio, compacto, de paso lento", como el propio Abreu lo describe en Debajo de la mesa, sus milagrosas memorias cubanas. Collazo, opositor al castrismo desde primerísima hora, había pasado 10 años en las cárceles del régimen y traía consigo la historia de Luisito, un niño de quince años pasado por las armas en la Fortaleza de la Cabaña, durante la estancia en ella del siniestro argentino Ernesto Guevara. Transcurrían los espeluznantes años de los fusilamientos masivos (1959-1961) y Luisito estaba incluido en una causa que agrupaba a varios presos acusados de conspirar contra el régimen. "Toda la noche, nos contaba Collazo, la pasaban despiertos los presos, aguardando el estruendo de las descargas. Desde las ventanas, gritaban palabras de ánimo al paso de aquellos a los que conducían a la muerte. [...] Todos en la galera donde se encontraba el Gordo Collazo estaban convencidos de que Luisito no sería fusilado. No tenía edad para ello. Según las leyes cubanas, la pena de muerte es aplicable a partir de los dieciséis años. Pero un día entró uno de los jefes militares de la prisión y leyó los nombres de los que serían ejecutados el siguiente amanecer. Entre ellos, el de Luisito. Los presos protestaron argumentando la edad del muchacho. Entonces el militar mandó a buscar al médico del penal. Este hizo abrir la boca al niño, le revisó las muelas como si de un animal se tratase y dijo a continuación: 'este ya está para fusilar'."

Luisito está en el germen del sobrecogedor proyecto 1959, más de 300 retratos de fusilados del castrismo, de los que 120 se exponen estos días en el Espacio Léopold, la sede bruselense del Parlamento Europeo. La muestra, auspiciada por los buenos oficios de la eurodiputada del grupo ALDE Teresa Giménez Barbat, lleva el timbre del desagravio. No en vano, muchos de los representantes de la eurocámara, y en particular los encuadrados en partidos de izquierda, no sólo no han repudiado la ínsula patibularia de los hermanos Castro, sino que han celebrado su pervivencia como si se tratara de un horizonte moral. La circunstancia de que los lienzos se hallen en un sala de paso cuasi obligado es deliciosamente perversa. El martes, en la inauguración, no fue difícil apreciar la incomodidad en el rostro de algunos de los andariegos, a los que ni siquiera parece inquietar la más ignominiosa de las evidencias: 1959 es una obra abierta.

En su discurso, la directora de Archivo Cuba, María Werlau, que tanto ha contribuido al conocimiento de los horrores de la dictadura, calificó a Abreu de "patriota cubano". Cuando éste tomó la palabra, lo primero que salió de sus labios fue un desmentido. Le asistían las mismas razones por las que recela de la mística del exilio. Le movía, en fin, la convicción de que si se hubiera quedado en la isla donde nació, "en ese entorno empobrecedor, hoy sería otra persona, peor sin duda". Mas no había tiempo para disquisiciones: "No he intentado hacer retratos convencionales, eso se ve enseguida, sino acercarme a los rostros (muchas veces borrosos, conservados apenas en viejas fotografías) de forma franca y veloz, con el propósito de crear una imagen pictórica poderosa (y musical, en los mejores casos). He huido de la repetición. Cuando las soluciones se me hacían fáciles, he buscado otras, de ahí que a veces haya gran diferencia entre la manera en que está pintado un retrato y otro".

En la singularidad que irradia cada personaje reparó la briosa Ana Palacio, ex ministra de Exteriores y miembro del Consejo de Estado, quien, ya en el cocktail, fue mirando a los fusilados de hito en hito para, con el índice rozando la pintura (en algunos lances, temerariamente), adosarles un adjetivo que devenía en epitafio. En otra esquina, Alejo Vidal-Quadras comentaba con Ginés Górriz y Jorge Ferrer las noticias que llegaban de Cataluña, que en los últimos tiempos ocupa un lugar de honor en cualquier vernissage sobre la infamia. El link llegó de la mano de Javier Nart, que no había precisado de chuleta: "Yo nací en el 47 y hay algo que no podré olvidar, y es aquella España miserable, casposa, donde la verdad oficial y la mentira eran el pan nuestro de cada día, y a los que discrepábamos de esa verdad oficial nos determinaban como antiespañoles. Bueno... hoy en Cataluña a mí me determinan como anticatalán, y es que en último término estamos hablando de lo mismo: del exclusivismo, de la exclusividad, de la exclusión. Esto se llama 1959, y 1959 comienza en un lugar llamado La Cabaña, donde un personaje comienza a fusilar indiscriminadamente, en una especie de brutal justicia llamada 'popular' donde la diferencia entre la vida y la muerte era sencillamente el buen o mal humor que tenía aquella chusma que se decía revolucionaria. Hay una frase que os quería leer aunque sé más o menos de memoria, y que dice: 'El odio es fundamental, porque hace del revolucionario, una implacable máquina de matar'. Bien, son palabras del Che".

Al término del acto, con los asistentes en desbandada, vi que la cineasta en ciernes Helena Espada, con la que preparo un documental sobre Abreu, se hallaba absorta frente al mural. Buscaba, entre los 120, a Luisito.

Fuera, el cielo se iba licuando con morosidad sobre la civilización.


Libertad Digital, 10 de febrero de 2017

jueves, 2 de febrero de 2017

Gloria y miseria de Calatrava

Hay una pauta Calatrava. El chalaneo, según documenta el periodista Llátzer Moix en su imponente alegato Queríamos un Calatrava, suele comenzar con una fastuosa exposición en la ciudad en la que el estudio pretende estampar su firma, prosigue con la cesión gratuita al municipio de un proyecto de postín y madura con el agasajo al político de turno, que al punto se persuade de que una obra del afamado arquitecto no sólo prestigiará el lugar sino también su mandato. El precio es desmesurado, sí, pero nadie dijo que la excelencia sea barata. Además, no se trata únicamente de una construcción; lo que hace Calatrava es arte, por lo que atraerá turistas de todo el mundo. Bien mirado, tal vez no sea tan caro; tal vez sea una inversión.

La inconcreción, a menudo inconclusión del diseño despierta los primeros recelos entre los técnicos de la concesionaria, que además deben lidiar con continuos retoques, las más de las veces injustificados o refractarios al entorno. (Eso en el mejor de los casos. En el aeropuerto de Bilbao, los bancos, para los que Calatrava exigió, so pena de romper la baraja, roble canadiense, acabaron pintados de blanco, por lo que hubiera dado igual que mandara traer pino malayo.) El coste, ya de por sí exorbitante, se convierte en papel mojado, y los 200 del inicio pasan a ser 400 con acusada tendencia a los 500. El cliente, que empieza a sospechar que está siendo víctima de un saqueo, trata de embridar al arquitecto, al que, por cierto, apenas han visto por la obra, pues atiende simultáneamente otros cinco encargos de parecida entidad. La inauguración, finalmente, se celebra a cara de perro. No sólo por la sangría presupuestaria o la demora en la entrega, sino porque algunas de las baldosas han empezado a desprenderse… Y no obstante, en las fotos, el artefacto en cuestión luce de maravilla.

Moix, maestro en el arte de convertir la arquitectura en un relato palpitante, autor del celebradísimo La ciudad de los arquitectos, sobre la transformación urbanística de Barcelona a rebufo de su designación como sede olímpica, se encara en Queríamos un Calatrava con algunas de las obras más conocidas, también para mal, del multiartista valenciano. Éste, maliciándose que el autor no tenía en mente un panegírico, declinó hablar con él. Sí lo hicieron la mayoría de sus damnificados y muchos de sus ex colaboradores (no siempre identificados, en lo que es, a mi juicio, el único lunar del libro). Uno de las voces más ilustrativas es la del arquitecto Josep Acebillo, que ocupó cargos de relevancia durante treinta años en el urbanismo barcelonés: “[A Calatrava le gusta moverse en un régimen de abundancia. […] Voy a intentar explicarlo con una imagen doméstica. Si ahora le invitásemos a almorzar a casa, es muy probable que echara un vistazo al comedor y nos dijera: ‘Deberíamos mover la mesa y ponerla donde está la pared; así nos sentiríamos más cómodos. ‘Seguro que sí’, le responderíamos, ‘pero para eso habría que tirar la pared’. ‘Pues se tira’, replicaría Calatrava. ‘No podemos, es de carga’, contraatacaríamos. ‘¿Cómo que no? Yo te hago gratis un proyecto para tirar el muro, aunque sea de carga’. Y si le hiciéramos caso, lo más probable es que al final, para realizar el proyecto, hubiera que comprarle medio piso al vecino”.

Con todo, Queríamos… no es un libelo (a la manera en que lo es, por ejemplo, el Juicio a Kissinger del maestro Hitchens). Moix, que ha visto, tocado y transitado los edificios de los que habla, admite a cuenta gotas, casi dando su brazo a torcer, ciertos destellos de genialidad de su procesado, y esos contadísimos halagos constituyen, antes que una coartada, un hermoso prurito de objetividad. El retrato que resulta es el de un individuo cenital, arrogante, insufrible, un workaholic empeñado en dejar su huella en el orbe, de Oviedo a Chicago y de Malmö a Nueva York. Un individuo, digámoslo ya, fascinante, si bien no siempre por las razones que él querría.


The Objective, 2 de febrero de 2017


martes, 31 de enero de 2017

Incontinencia de un golpe de Estado

Las indiscreciones del exsenador de ERC Santiago Vidal han puesto de manifiesto la ausencia en Cataluña de aduanas periodísticas. Antes de que Cristian Segura, el redactor de El País que destapó la noticia, se oliera la tostada, otros colegas habían tenido conocimiento del hecho, algunos de ellos de primera mano, y lo habían desdeñado. La molicie no fue privativa del periodismo local, de cuya utilidad como servicio público hay cada vez menos dudas (y al que hay que conceder, en cualquier caso, el beneficio de la duda por aquello de servir a los intereses de una parte). Tampoco el resto de los periódicos aguzaron (¡aguzamos!) el oído. El cargo más importante en el Senado de ERC llevaba tres meses aireando el rosario de ilegalidades que comprende el procés (y presumiendo de estar en la pomada) y nadie, exceptuando a Segura, había dado un respingo.

Aún más sorprendente que la desatención de los medios es la indiferencia del mundo nacionalista en general y de Esquerra Republicana de Catalunya en particular. Vidal no se dirigía a su audiencia desde lo alto de un taburete en mitad de las Ramblas y tocado con un sombrero de Napoleón, sino desde la tribuna de ponentes, en actos organizados por el partido, en los que compartió mesa con otros dirigentes que, en el mejor de los casos, acogieron sus palabras con regocijo. A semejanza, por cierto, del público, cuando menos el de Granollers, del que se diría que asiste a una stand-up comedy. Nada, ni el más leve indicio de contrariedad o extrañeza, lo que desmiente una vez más la imagen de sensatez, moderación y fairplay que el nacionalismo proyecta de sí mismo. No hay un independentismo blanco, y prueba de ello son la coquetería con que Vidal se jactaba de delinquir y la tontuna con que la afición recibía la primicia.

Por lo demás, la indignación del Govern resulta inverosímil por sobrevenida, tanto más cuanto que Vidal no era el único bocazas que andaba de gira. Aunque con menos ínfulas, el secretario de Hacienda de la Generalitat, Lluís Salvadó (secretario general adjunto de ERC), también iba dando a conocer las tropelías en que hay que incurrir ("Esto no nos lo dan en un pendrive") para construir un Estado paralelo. Y lo más probable es que Salvadó no hablara sin conocimiento de su superior, el vicepresidente y consejero de Economía y Hacienda, Oriol Junqueras.

Vuelvo a los vídeos. Auditorios de doscientas, trescientas personas, casi todas provistas de iPhones. Y entre ellas, insisto, periodistas, algunos de ellos de radio y televisión. Y así todo, Vidal parlotea como lo haría ante sus íntimos frente a un braserillo. Con la convicción de que su relato no franqueará las cuatro paredes a las que se ha reducido Cataluña. Y, sobre todo, como si nadie en España estuviera escuchando.


Libertad Digital, 31 de enero de 2017

miércoles, 25 de enero de 2017

Un fallo en el sistema

Que el ex diputado de Ciudadanos Jordi Cañas, condenado al ostracismo por el presidente del partido, Albert Rivera, haya sido el compromisario congresual más votado en Cataluña, es una excelente noticia. La posibilidad de que Cañas defienda la transversalidad del partido frente a quienes, como Rivera, pretenden soslayar su impronta socialdemócrata, resulta, cuando menos, edificante. En primer lugar, por lo que tiene de ennoblecimiento de la política en su acepción más sólida, factual y, por qué no decirlo, intelectual. Llama la atención, por cierto, que de todos los congresos que se avecinan sea el de Ciudadanos, precisamente el partido de mayor sesgo tecnocrático, el que, a priori, haya de acoger discusiones más trascendentes, dado que los cónclaves de PSOE y Podemos serán, con matices (ínfimos en el caso del PSOE), meras trifulcas por el poder. Por qué el PP celebra congresos es un misterio.

En cualquier caso, y siendo primordial el debate, digamos, ideológico, el verdadero lastre de Ciudadanos es el modo en que Rivera conduce el partido, y que ha resultado en la colocación (y nunca mejor dicho) en la cúpula del mismo de un rosario de militantes perfectamente anodinos, y cuyo único mérito, al parecer, es no contradecir al líder. Cañas, después de todo, es la viva demostración de que aquellos que proyectan la menor sombra sobre Rivera se ven abocados a la irrelevancia. De ahí, sin ir más lejos, que Arrimadas no tenga contestación alguna entre dirigentes que, en privado, confiesan su extrañeza, cuando no estupor, ante algunas de sus declaraciones. O que la eurodiputada Teresa Giménez Barbat, integrada en Ciudadano Europeos, la mentora de Rivera cuando Ciudadanos no era más que 'la asociación de Boadella', merezca por parte de sus compañeros el más burdo de los ninguneos... y todo, para no contrariar a Rivera y su guardia pretoriana, que ven en ella un residuo del arcadismo.

Obviamente, siempre hay un pretexto a mano para que la marginación parezca un accidente. Así, y según dicta la versión oficial, la caída en desgracia de Cañas se debió a la corrupción y Giménez Barbat es una tránsfuga de UPyD; la clase de inexactitudes (¡de posverdades!) que aconsejan cautela, no fuera a ser que el siguiente sea yo. En cuanto a Arrimadas, ha bastado con redoblar su autoridad designándola portavoz para dar el preceptivo aviso a navegantes. Bien, por una vez, elección de Cañas mediante, el aviso lo recibe Rivera.



Libertad Digital, 24 de enero de 2017

jueves, 19 de enero de 2017

Moviola

Me desperté a las 6 de la mañana y, tras ducharme y vestirme, dudé si ponerme el gorro y la bufanda del Español. Los disfraces no van mucho conmigo, pero corría una alerta por bajas temperaturas y mi amigo Rafa me había aconsejado que fuera abrigado, pues de la estación de autobuses a Mestalla iríamos en su vespa. El caso es que ir de incógnito me pareció más artificioso que lucir los colores de mi equipo. Se me ocurrió entonces que Rafa había aterrizado en Twitter porque, según él, hay ausencias demasiado clamorosas, lo que me condujo a ese aforismo que dice 'no alardees de humildad: no eres lo bastante importante'. Hay mañanas en que el pensamiento se abre paso como un rompehielos.

Dado que el autobús no salía hasta una hora después, me tomé un café en el bar de la esquina. La camarera que me suele atender se sorprendió al verme, pero no supe si porque era demasiado temprano o por mi bufanda del centenario y mi gorro de lana bordado con el lema ‘La força d’un sentiment’. Los hay peores, créanme. Me dirigí hacia el metro canturreando, con esa estúpida sensación, tan común en los hinchas, de vivir a contrafibra, y que tanto se acentuó en cuanto al traje de indio le sumé, ya en Sants, El País, La Vanguardia y El Mundo con sus correspondientes dominicales. ¡La vieja prensa bajo el brazo, eso sí que es quijotismo! Pero lo que al chófer no le encajó no fueron los periódicos ni la fuerza de mis sentimientos: “Me parece que esto no es aquí… Ajá, esto es en la estación del Norte; mira, aquí lo dice: bar-ce-lo-na-nord”. Imposible llegar. La expresión ‘volver sobre mis pasos’ nunca fue tan literal. Casi me vi marchando hacia atrás, como esos personajes de cine mudo que tan poca gracia me hacían.

De nuevo en el bar, noté que la camarera me observaba con desazón, como se observa a un boxeador vegano o un torero catalán; o qué demonios, como se observa a un seguidor del Español que madruga un domingo para ver a su equipo en Valencia y se equivoca de estación. No hay símil que lo supere. Para entonces ya había avisado a Rafa. “Deberías escribir algo”, me había respondido él. Pero al relato, me dije, le faltarían tres quinientas, un peluco marca omega y un pincho de cocina en la garganta. Me metí en la cama y medité un artículo sobre la figura del doble: el individuo que a esa hora debía haber cruzado la provincia de Tarragona leyendo a Javier Marías, confrontado con su reflejo barcelonés, que ahora ‘apagaba la luz, y luego apagaba la luz’. Mas por mucho que lo intentara, sólo oía al loro del chiste, aquel al que vuelven a tapar a los cinco minutos y respinga: ‘¡Coño, qué día más corto!’. Esta mañana, a eso de las 10, ha llegado la coda: “José María Albert de Paco, muchas gracias por haber viajado en ALSA. Esperamos que hayas disfrutado de tu viaje con nosotros. Nos gustaría que completaras un breve cuestionario para saber qué tal ha ido”.


The Objective, 19 de enero de 2017

martes, 17 de enero de 2017

Acaba el proceso y empieza una era

Catalunya ha llegado a ese punto en que basta con transcribirla. Si el tiempo no lo impide, el presidente Puigdemont pronunciará el próximo martes en Bruselas una conferencia esencialmente idéntica a la que pronunció ayer en el teatro Romea, y de la que traduzco los últimos seis minutos (los más enardecedores, al decir de la prensa mundial). Redentorismo, paranoia, supremacismo... todo lo que prefiguró Boadella está ahí representado. Si la farsa quedara en casa nos ahorraríamos el bochorno. Pero no. Así como Leopoldo María Panero salía de vez en cuando del psiquiátrico de Mondragón, Puigdemont sale cada tanto de Catalunya, no sólo convencido de que el mundo le escucha, sino también de que él tiene algo que decirle al mundo. En su discurso de ayer hay un instante pavoroso. Casi en el último renglón, ahí donde, según Chomsky y Espada, se aloja la verdad, Puigdemont empieza a imitar a Pujol: "Aquella reflexión íntima...". Como dice Toutain, teórico de la imitación, el pujolismo engendró en Catalunya miles de pujols. Puigdemont es uno de ellos. Un Pujol en jefe, ahora que, con Trump, la expresión se ha puesto de moda. Pero he dicho que a Catalunya bastaba con transcribirla y ya me estoy extendiendo.

El año 2017 no va a ser ese año que queda entre el 2016 y el 2018; bueno, sí, también será eso, pero no será un año corriente en ese sentido. El año 2017 es el año en el cual (o para el cual) nos hemos preparado, hemos salido de casa o nos hemos hecho voluntarios. O hemos pasado, ay, algún que otro dolor de barriga. El año 2017 es el año para el que nos preparábamos cuando íbamos, por ejemplo, al Fossar de les Moreres. Y aquí podemos añadir también a nuestros antepasados. Y si queréis, a nuestros hijos y a nuestros nietos. Y a los refugiados que vengan a nuestra casa en los próximos años. O a los que ya han venido y han decidido sumarse a nosotros en la construcción del país común. Por lo tanto, insisto, el año 2017 no será el año que queda entre el 2016 y el 2018. Será el año. Un año del que tendremos que recordar qué hacíamos. Porque las generaciones futuras nos lo preguntarán a menudo. Y espero que nos lo puedan preguntar durante mucho tiempo (espero que vivamos todos durante mucho tiempo). Y tú, abuelo (o abuela), ¿qué hacías en el 2017? ¿Dónde estabas? Y lo tendremos que recordar. Porque este, ya digo, no es un año convencional. Porque es el año en que acaba el proceso y empieza una era. Y es que un proceso es algo identificable, algo acotable... pero una era no. Lo que empieza con este proceso, del que todos tenemos un pedazo en nuestras manos (también, un pedazo de responsabilidad), no es una legislatura. Lo que empieza con este proceso es una era. La era de una Catalunya libre. La era de una Catalunya rotundamente libre. Más democrática. Comprometida con la actualización permanente de la democracia. Una convicción puesta al servicio de un ideal: la mejora del mundo. Un ideal que ya lo era de nuestros antepasados (pensemos en Ramón Llull). Es una actitud propia, natural, injertada en las actitudes que Catalunya expresa cuando se expresa en público. Y tanto da que hablemos de política como de cultura, gastronomía, deporte, economía o empresa. Cuando Catalunya pide la palabra y se dirige al mundo, se dirige a los suyos, obviamente, pero tiene una mirada hacia fuera. Por vocación y seguro que también por necesidad. Bien, pues esta es la era de esta Catalunya. Y esto, que es un propósito entusiasmante, ilusionante, afortunadamente no depende de la política. No depende de nosotros, no depende de mí. En parte, depende de todos, también de mí. Depende, en fin, de todos nosotros. Y si nosotros queremos, y con querer me refiero a aquella reflexión íntima, a aquella primera declaración de independencia que tiene lugar en nuestra intimidad, tan en la intimidad que algunos no la quieren ni compartir aunque en su fuero interno lo sepan. De eso depende. Muchas gracias, y visca Catalunya.


Libertad Digital, 17 de enero de 2017

martes, 10 de enero de 2017

Dickens en Sallent

T.B Kennington / Giovannini 
El periodismo exige a veces revolcarse en lodazales; sobre todo, para evitarle al lector la molestia de hacerlo. Hoy he dedicado 48 minutos a ver la entrevista de Pablo Iglesias a Anna Gabriel en La Tuerka, que, más allá del supuesto valor informativo de algunas declaraciones, constituye un verdadero tutorial antisistema.

"Gracias por estar aquí", le dice Iglesias a Gabriel, a lo que ésta contesta: "Gracias a vosotras". A vosotras, sí, la charla obliga a cualquier lector medio a un continuo reseteo de sus tratos no ya con el lenguaje, sino con la realidad. A continuación, Iglesias le pregunta por su niñez y Gabriel responde que a ella no le gusta hablar de aspectos tan personales de su biografía ni cree que haya llegado el momento de hacerlo. (Gabriel, entiéndase, es un animal eminentemente político, por lo que no ha lugar a concesiones al entertainment típicamente burgués). Aun así, termina por claudicar. Y de qué manera. "A mí me educó la tribu", afirma, que a mí me suena como aquel "A ti te parrrió una gamba" del añorado Eugenio. Gabriel entiende por tribu la red de familiares, vecinos y canguros que estaban a su cuidado cuando sus padres estaban en el trabajo.

Pero Iglesias quiere más; quiere saber, concretamente, de qué barro se hace una persona como ella, sonsacarle el once upon a time que todos llevamos dentro. "Cuando en tu familia no hay más capital que las manos, cuando cierra la fabrica, cuando el patrón decide que por estar sindicado vas fuera... Todo eso te interpela, claro. Yo soy un producto de todo eso". (No tener más capital que las manos, esa ventriloquía). También la interpelaron los piojos. Su abuela, por las tardes, llevaba a casa a niños harapientos que no tenían donde ir y éstos le transmitían los parásitos a la pequeña Anna. Por lo demás, las necesidades en su familia siempre fueron acuciantes, y es precisamente la pobreza lo que llevó a Anna a destacar en los estudios. No tenía otra: sin buenas notas no había becas y sin becas, no había posibilidad de seguir estudiando. Con todo, su abuela solía decirle lo que Simeone a sus muchachos: "La cabeza bien alta", expresión que activa en Iglesias su fiero instinto taxonómico: "Eso, Anna, es orgullo de clase". El líder de Podemos ha reconocido a la criatura en cuanto ésta ha asomado la patita; no en vano, viene "de un sitio bastante más marginal que el sitio del que vienes tú". "Bueno, bueno, en mi pueblo, Sallent, hubo mucha heroína, ¿eh?, que en el cementerio hay toda una fila de tumbas de heroinómanos. Claro, había un foco combativo y alguien decidió sofocarlo a base de heroína". "Joder, cómo te entiendo".

Llega el momento del cuestionario. "Uf, no me lo he preparado, pero en fin...". "Dime un referente político". "Hostia, si te digo un nombre luego voy a sufrir porque voy a pensar 'qué traición a los otros referentes'". "Pueden ser varios". "Ah, vale. Pues mi abuela y Fidel Castro, que se nos acaba de ir y tuve la suerte de estar en La Habana para despedirlo". "Un maestro o maestra". "Verás, por Sant Jordi yo participaba en concursos de redacción para optar al regalo, que consistía en lotes de libros, y hubo un año en que escribí una redacción que se llamaba Espíritu bolchevique, y una maestra me dijo que con ese título no ganaría, pero que, por favor, no lo cambiara. Y no lo cambié".


Libertad Digital, 10 de enero de 2017